Autor: Ciro dos Anjos
Título: O AMANUENSE BELMIRO
Idiomas: port, esp
Tradutor: Daniel Tapia Bolívar(esp)
Data: 28/12/2004
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EL AMANUENSE BELMIRO


I

“Merry Christmas!”


Ciro dos Anjos


A la octava cerveza llegamos a la conclusión de que todos los problemas eran insolubles. Florencio propuso una novena ronda, diciendo que outro vaso quizá nos trajese una solución.
Éramos cuatro o cinco en torno de la pequeña mesa de hierro en el bar del Parque. ¡Alegre víspera de Navidad!... Las mulatas iban y venían, entre requiebros, sonriendo dengosamente a los soldados del Regimiento de Caballería. Bajo el cobertizo, otras bailaban “maxixe” con negros fornidos, mientras un mestizo gordo y melenudo tocaba la vitrola.
El proletariado negro se expansionaba, celebrando la Navidad. Satisfecho, el alemán del bar se multiplicaba sirviendo cervezas y enviando de aquí para allá a los apresurados mozos.
–La solución está en la actitud católica –afirmó, soñador, el amigo Silviano, como respondiendo a una orden interior de reflexiones ajeno a nuestra conversación.
Redelvino, con una mirada maliciosa, me invitó a que prestara atención a Silviano.
–¿Qué? –pregunté volviéndome hacia éste.
–¡La actitud católica! –repitió–. Esto es, huir de la vida en lo que ésta tiene de excitante – prosiguió como si hablase consigo mismo–. Jerónimo anda metido en la teología. Ahí está la solución. Sublimóse en los doctores.
Sólo por el gusto de oírle hablar, le objeté que en ese caso no había una solución, sino la supresión de la vida.
Sin advertir que yo no pretendía outra cosa que tirarle de la lengua a Silviano, y suponiendo que contaba con mi apoyo en la discusión, el joven Glicerio osó enfrentársele. Imprudentemente, tomó la palabra y entró en escena con entusiasmo, diciendo que el católico destruye la vida de la manera más violenta. Introduce en nuestro cotidiano la preocupacíon por la vida eterna, sacrificando a ésta los valores vitales.
Silviano le miró de pies a cabeza. Glicerio es nuevo en el grupo y nuestro amigo no le permite tales familiaridades.
–No discuto con menores –dijo majestuosamente.
Y volviéndose hacia mí:
–Tú no sabes lo que estás diciendo, pero aun cuando se tratase de una supresión, ¿por qué no habíamos de llegar a ella a cambio de la tranquilidad? La gran estupidez es vivir en un conflicto constante. Ya que no se puede vivir la vida plenamente es mejor renunciar a ella de una vez.
Florencio puso la mano en el hombro de Silviano y dijo maliciosamente:
–Hoy estamos de mal talante, ¿no?... A lo mejor es que te ha dejado plantado tu amor...
– Cállate, animal –repuso Silviano irritado–. Lo que no quiero es hablar con niños.
Florencio sorbió un trago y sentóse de nuevo. Redelvino debía estar de muy buen humor, pues se sonreía sin decir nada, lo que me sorprendió, porque siempre que se encuentra con Silviano se enreda en acaloradas discusiones. Quise aproximarlos un día para que se hicieran amigos, pero desde el primer momento se repelían.
Para aplacar a Silviano propuse que tomáramos outra cerveza, en lo que fuí aplaudido calurosamente por Florencio. Diré aquí que éste tenía razón. Silviano atraviesa por una aguda crisis. Jandira, que de todo sabe, me contó que nuestro filósofo, ya al filo de los cuarenta, había retrocedido a los veinte y se dedicaba a hacer el amor a las “muchachas en flor”.
Lo peor es que su mujer, en vez de enfadarse con él, siempre está dispuesta a ridiculizarle. A vueltas con los hijos, Juana dice que no tiene tiempo para ocuparse de él. Es una robusta hija de hacendado, raza terca y viril. En un pricipio tuvo celos y le hacía escenas. Después tomó la determinación de no darse por enterada de las “sinvergüencerías” de su marido...
–¡Ciudad idiota, ésta de Belo Horizonte!... – exclamó Redelvino consultando el reloj–. La gente no sabe qué hacer.
–Nada de eso –dijo Silviano–. En París pasa lo mismo.
–¿En París? – indagó Florencio riendo –. ¿Dónde has visto París?... ¿En el cine?...
–¡Oh, qué tonto! ¡Como si no se me entendiera!... Quiero decir que el problema no está en el espacio: es un problema puramente interior, ¿comprendes?
Florencio, ya un tanto alegre, se llevó la mano a la boca y estalló en una risa convulsiva. Redelvino y Glicerio también se echaron a reír. Silviano, indignado, quiso marcharse. Queriendo disimular el mal final que había tenido nuestra reunión, propuso una retirada general. Ya era hora de cenar y el Parque se había ido quedando vacío. Sin que nos diéramos cuenta, las mulatas y los soldados se habían ido, y las sombras de un crepúsculo rojizo descendían sobre los árboles.
Nos separamos en la puerta, y de regreso a casa fuí rumiando la tesis de Silviano. Pero no pude concentrarme. La cabeza me daba vueltas y a poco la atencíon se desvió hacia otras cosas.
¡La euforia que produce echarse un traguito!... La vida se torna fácil, fácil...
Todos los pasajeros del tranvía de Calafate me sonreían. Era cierto que me sonreían, como si me dirigiesen un prolongado “salud y fraternidad”. ¡Qué ansiosos y urgidos parecían, con prisa por llegar a sus casas, cargados de paquetes en los que adiviné la variada materia prima para las conmemoraciones domésticas de la Navidad!... la humanidad se transfigura de pronto en este día extraordinario. ¿Qué elemento se introduciría en la esencia de las cosas para que todo venga así a presentar una faz nueva y desconocida y para que todos los seres tomen esa expresión especial, y hasta graciosa, de agitada felicidad? ¡Los árboles se tornan más verdes y cómo cantan los gorriones!... ¿Será el poder de crear y de transfigurar que posee el alma humana o será una efectiva transformación en el tejido íntimo de las cosas? En fin de cuentas, poco importa. La realidad es su apariencia, y lo que sea en el fondo no se nos alcanza, como dice Silviano.
Un Merry Christmas que me fué dicho, acompañado con una palmadita en la espalda, por un ciudadano que iba a bajarse del tranvía, me hizo caer en la cuenta de que la próxima parada ela la de la calle Erê.
Hice la señal y me volví para saludar al hombre. Sin duda era Prudencio Gouveia, vecino mío. ¡Buen sujeto el tal Prudencio! Es Jefe de Sección y persona muy bien conceptuada. De joven estudió inglés, y tiene la costumbre de saludarnos a diario con un how do you do. Su mujer, Juliana Gouveia, con aire de aburrimiento, le llama antipático. Pero en su interior se siente halagada, pues encuentra erudito a su marido: “Siempre es una ventaja, ¿no cree, señor Belmiro? Llegará un día en que le venga bien saber otras lenguas.” La verdad es que sólo habla inglés, pero Juliana ensalza las habilidades de su hombre, aludiendo a “otras lenguas”.
–¡Merry Christmas, amigo Prudencio!... Merry Christmas!...


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Fonte: ANJOS, Ciro dos. El amanuense Belmiro. Novela. Trad. de Daniel Tapia Bolívar. México, Tezontle, 1954, p. 9-13.

 

 

O AMANUENSE BELMIRO

 

1


Merry Christmas!

 

Ciro dos Anjos


Ali pelo oitavo chope, chegamos à conclusão de que todos os problemas eram insolúveis. Florêncio propôs, então, o nono, argumentando que esse talvez trouxesse uma solução geral.
Eramos quatro ou cinco, em torno de pequena mesa de ferro, no bar do Parque. Alegre véspera de Natal! As mulatas iam e vinham, com requebros, sorrindo dengosamente para os soldados do Regimento de Cavalaria. No caramanchão, outras dançavam maxixe com pretos reforçados, enquanto um cabra gordo, de melenas, fazia vitrola funcionar.
O proletariado negro se expandia, comemorando o Natal. Satisfeito, o alemão do bar se multiplicava em chopes, expedindo, para aqui e para ali, garçons urgentes.
– A solução é a conduta católica, afirmou o amigo Silviano, meio vago, como que atendendo a uma ordem interior de reflexões, que não era bem a de nossa conversação.
Redelvim convidou-me, com um olhar malicioso, a prestar atenção ao filósofo.
– Hein? indaguei, voltando-me para este.
– A conduta católica! Isto é, fugir da vida, no que ela tem de excitante, continuou, como que a falar para si mesmo. – Jerônimo anda mergulhando na teologia. É a solução. Sublimou-me nos doutores.
Só pelo gosto de vê-lo dissertar, objetei-lhe que, nesse caso, não haveria solução. O que haveria é supressão da vida. Sem perceber que eu apenas puxava a língua ao Silviano e supondo contar com o meu apoio, o jovem Glicério ousou enfrentá-lo. Imprudentemente apanhou a minha deixa e entrou em cena com entusiasmo, dizendo que o católico destrói a vida pelo modo mais violento. Introduz, em nosso cotidiano, a preocupação da vida eterna, sacrificando, a esta, aquela.
Silviano olhou-o da cabeça aos pés. Glicério é novo na roda, e nosso amigo não lhe permite tais intimidades.
– Não discuto com menores, disse majestosamente.
E, voltando-se para mim:
– Você não sabe o que está dizendo, mas, ainda que fosse uma supressão, por que não havíamos de realizá-la para encontrar tranqüilidade? A grande estupidez é vivermos num conflito constante. Já que não se possui a vida com plenitude, o melhor é renunciar, de vez.
Florêncio pôs a mão sobre o ombro dele e disse maliciosamente:
– Estamos ruizinhos hoje, hein? a pequena deu o fora?
– Recolha-se alimária! respondeu, irritado. Não me dirijo a primários.
Florêncio deu uma gargalhada e assentou-se de novo. Redelvim devia estar de bom humor, pois apenas sorria, sem nada dizer. Sempre que se encontra com Silviano, trava discussões acaloradas. Aproximei-os um dia, tentando fazê-los amigos, mas desde o primeiro encontro se repeliram.
Para serenar a roda, propus novo chope, no que fui aplaudido calorosamente por Florêncio. Aqui escreverei que a razão estava com êste último. Silviano anda em crise aguda. Jandira, que de tudo sabe, contou-me que o filósofo, já à beira dos quarenta, retrocedeu aos vinte: está amando as môças em flor. O pior é que a mulher, em vez de irritar-se, vive a ridicularizá-lo. Às voltas com os filhos, Joana diz não ter tempo para se ocupar dele. É uma sólida filha de fazendeiro, raça teimosa e viril. A princípio, andou tendo ciúmes e fazia cenas. Depois, fincou pé e deliberou não tomar conhecimento desses descaminhos que, se arranham a fé conjugal, mais arranham ainda as veleidades do quarentão. Pois Jandira acrescentou que, de suas sortidas, o nosso Dom Juan traz mais baldões do que troféus.
– Cidade besta, Belo Horizonte! exclamou Redelvim, consultando o relógio. A gente não tem para onde ir...
– Não acho! retrucou Silviano. Em Paris é a mesma coisa.
– Em Paris? perguntou Florêncio. Não sabia que você andou por Paris... É boa!
– Ó parvo, quero dizer que o problema é puramente interior, entende? Não está fora de nós, no espaço!
Florêncio, já meio alegre, levou as mãos ao ventre, num riso compulsivo. Redelvim e Glicério também desataram a rir. Silviano, indignado, quis retirar-se. Disfarçando o mau epílogo da festa, alvitrei uma retirada em conjunto. Já era hora de jantar e o Parque ia ficando vazio. Sem que percebêssemos, as mulatas e os soldados tinham saído, e as sombras de um crepúsculo avermelhado desciam sobre as árvores.
Separamo-nos, no portão do Parque, e, a caminho de casa, fui ruminando a tese do Silviano. Mas o chope me faz versátil, e minha atenção logo se desviou para outras coisas.
A euforia que o chope traz! A vida se torna fácil, fácil.
Todos os passageiros do bonde Calafate me sorriam. Certamente sorriam, desejando-me um largo “saúde e fraternidade”. Como se mostravam ansiosos, rápidos, denunciando pressa de chegar a casa, carregados de embrulhos, onde adivinhei variada matéria-prima para as comemorações domésticas do Natal! A humanidade se transfigura de súbito, neste dia extraordinário. Que elemento se introduzirá na essência das coisas para que tudo venha, assim, apresentar uma face nova e desconhecida, e para que todos os seres ganhem uma expressão especial, quase graciosa, de agitada felicidade? As árvores se fazem mais verdes, e os pardais, como cantam! Será o poder de criar e de transfigurar, que possui a alma humana, ou haverá uma efetiva transformação no tecido íntimo das coisas? Afinal, pouco importa. A realidade é a aparência, e o que é – no fundo – não o é para nós, como diz Silviano.
Um Merry Christmas, que me foi dito com uma palmadinha nas costas, por alguém que ia descer do bonde, fez-me lembrar de que o próximo poste de parada era o da Rua Erê.
Dei o sinal, e voltei-me para saudar o homem. Deveria ser o Prudêncio Gouveia, vizinho de quarteirão. Bom sujeito o Prudêncio. É chefe de Seção e pessoa muito conceituada. Em moço, estudou inglês, e seu único vício é cumprimentar-nos diariamente com um how do you do. A mulher, Juliana Gouveia, toma ar aborrecido e chama-lhe antipático. Mas, lá dentro, fica vaidosa, pois acha o marido erudito: “Sempre é uma vantagem, não acha, seu Belmiro? Vem um dia, ele tirará o seu proveito de saber outras línguas.” Na verdade, só fala inglês, mas Juliana lhe encarece as habilidades, aludindo a “outras línguas”.
– Merry Christmas, Prudêncio amigo! Merry Christmas!


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Fonte: ANJOS, Ciro dos. O Amanuense Belmiro. Romance. Rio de Janeiro, Editora José Olympio, 1971, p. 5-8.