ESCRITORES



O AMANUENSE BELMIRO





Autor: Ciro dos Anjos
Título: O AMANUENSE BELMIRO, BELMIRO, EL AMANUENSE BELMIRO
Idiomas: port, fra, esp
Tradutor:
Data: 28/12/2004

O AMANUENSE BELMIRO

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A donzela Arabela

Ciro dos Anjos

Aconteceu-me ontem uma coisa realmente extraordinária. Não tendo conseguido conter-me em casa, desci para a Avenida, segundo habito antigo. Já ela estava repleta de carnavalescos, que aproveitavam, como podiam, sua terceira noite.
Pus-me a examinar colombinas fáceis, do lado da Praça Sete, quando inesperadamente me vi envolvido no fluxo de um cordão. Procurei desvencilhar-me, como pude, mas a onda humana vinha imensa, crescendo em torno de mim, por trás, pela frente e pelos flancos. Entreguei-me, então, aquela humanidade que me pareceu mais cansada que alegre. Os sambas eram tristes e homens pingavam suor. Um máscara-de-macaco deu-me o braço e mandou-me cantar. Respondi-lhe que, em rapaz, consumi a garganta em serenatas e que esta, já agora, não ajudava. Imagino a figura que fiz, de colarinho alto e pince-nez, no meio daquela roda alegre, pois os foliões e engraçaram comigo, e fui, por momentos, o atrativo do cordão. Tanto fizeram que, sem perceber o disparate, me pus a entoar velha canção de Vila Caraíbas.
Uma gargalhada espantosa explodiu em torno de mim. Deram-me uma corrida e, depois de me terem atirado confete a boca, abandonaram-me ao meio da rua embriagado de éter. Novo cordão levou-me, porém, para outro lado, e, nesse vaivém, fui arrastado pelos acontecimentos. Um jato de perfume me atingia as vezes. Procurava, com os olhos gratos, a origem dessa caricia, mas percebia, desanimado, que aquele jato resvalara de outro rosto a que o destinara uma boneca holandesa. Contudo, aquelas migalhas me consolaram e comoviam. Dêem-me um jato de éter perdido no espaço e construirei um reino. Mas a boneca holandesa foi arrastada por um príncipe russo, que a livrou dos braços de um marinheiro.
Bebendo aqui, bebendo ali, acabei presa de grande excitação, correndo atrás de choros, de blocos e cordões. Não sei como, envolvido em que grupo, entrei no salão de um clube, acompanhando a massa na sua liturgia pagã.
Lembra-me que homens e mulheres, a um de fundo, mãos postas nos quadris do que ia a frente, dançavam, encadeados, e entoavam os coros que descem do Morro. Toadas tristes, que vem da carne.
A certo momento, alguém e enlaçou o braço, cantando: “Segura, meu bem, segura na mão, não deixes partir o cordão…” O braço que se lembrou do meu braço tinha uma branca e fina mão. Jamais esquecerei: uma branca e fina mão. Olhei ao lado: a dona da mão era uma branca e doce donzela. Foi uma visão extraordinária. Pareceu-me que descera até a mim a branca Arabela, a donzela do castelo que tem uma torre escura onde as andorinhas vão pousar. Pobre mito infantil! Nas noites longas da fazenda, contava-se história da casta Arabela, que morreu de amor e que na torre do castelo entoava doridas melodias.
Efeito da excitação de espírito me que me achava, ou de qualquer outra perturbação, senti-me fora do tempo e do espaço, e meus olhos só percebiam a doce visão. Era ela, Arabela. Como estava bela! A música lasciva se tornou distante, e as vozes dos homens chegavam a mim, lentas e desconexas. Em meio dos corpos exaustos, a incorpórea e casta Arabela. Parecia que eu me comunicava com Deus e que um anjo descera sobre mim. Meu corpo se desfazia em harmonias, e alegre música de pássaros se produzira no ar. Não me lembra quanto tempo durou o encantamento e só vagamente me recordo de que, em um momento impossível de localizar, no tempo e no espaço, a mão me fugiu. Também tenho uma vaga idéia de que alguém me apanhou do chão, pisado e machucado, e me pôs num canapé onde, já sol alto, fui dar acordo de mim.
O mito donzela Arabela tem enchido minha vida. Esse absurdo romantismo de Vila Caraíbas tem uma força que supera as zombarias do Belmiro sofisticado e faz crescer, desmesuradamente, em mim, um Belmiro patético e obscuro. Mas viviam os mitos, que são o pão dos homens.
Nesta noite de quarta-feira de cinzas, chuvosa e reflexiva, bem noto que vou entrando numa fase da vida em que o espírito abre mão de suas conquistas, e o homem procura a infância, numa comovente pesquisa das remotas origens do ser.
Há muito que ando em estado de entrega. Entregar-se a gente as puras e melhores emoções, renunciar aos rumos da inteligência e viver simplesmente pela sensibilidade – descendo de novo cautelosamente, a margem do caminho, o véu que cobre a face real das coisas e que foi, aqui e ali, descerrado por mão imprudente – parece-me a única estrada possível. Onde houver claridade, converta-se em fraca luz de crepúsculo, para que as coisas se tornem indefinidas e possamos gerar nossos fantasmas. Seria uma fórmula para nos conciliarmos com o mundo.

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Fonte: ANJOS, Ciro dos. O amanuense Belmiro. Rio de Janeiro, José Olympio, 1971, p. 19-21.

EL AMANUENSE BELMIRO

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La doncella Arabela

Ciro dos Anjos

Acontecióme ayer una cosa realmente extraordinaria. No habiendo logrado quedarme en casa por la noche, descendí hacia la Avenida, según mi antigua costumbre. Estaba llena de máscaras que aprovechaban como podían su tercera noche.
Me quedé mirando las colombinas fáciles que había por el lado de la plaza Sete, cuando inesperadamente me vi envuelto en un grupo de máscaras. Procuré escapar como pudiera, pero la onda humana era enorme, crecía en torno mío por detrás, por delante y por ambos lados. Me entregué entonces a aquella humanidad que me pareció más cansada que alegre. Las zambas eran tristes y los hombres chorreaban sudor como si salieran del fondo de una mina. Una máscara, que semejaba un mono, me dió el brazo y me ordeno que cantara. Respondíle que de rapaz había consumido mi garganta en serenatas, por lo que ahora no podía ayudarles. Imagino la figura que hice, de cuellecito alto y pince-nez, en medio de aquel corro alegre, pues los cantantes la tomaron conmigo y fui por unos momentos el hazmerreír del grupo. Tanto hicieron que sin darme cuenta de que aquello era un disparate me puse a entonar una vieja canción de Vila Caraíbas.
Una carcajada espantosa hizo explosión en torno mío. Me persiguieron corriendo, después de haberme metido confetti por la boca, dejándome luego en medio de la calle embriagado por el éter de los perfumadores. Una nueva banda me empujó todavía hacia otro lado, y en este vaivén fuí arrastrado por los acontecimientos. Un chorro del volátil perfume me llegaba de vez en cuando. Procuraba, con los ojos agradecidos, averiguar de dónde provenía aquella caricia, pero advertía, desanimado, que me llegaba de rechazo, pues no era a mí a quien la destinaba cierta joven disfrazada de muñeca holandesa. Con todo, aquellas salpicaduras me consolaban y conmovían. Dadme un poco de perfume perdido en el espacio y construiré un reino. Mas la muñeca fué arrastrada por un príncipe ruso, que la libró de los brazos de un marinero.
Bebiendo aquí y allá acabé presa de gran excitación, corriendo en pos de máscaras y músicos. No sé cómo ni envuelto en qué grupo entré en el salón de un club, acompañado a la masa en su liturgia pagana.
Recuerdo que hombres y mujeres, de uno en fondo, con las manos puestas en las caderas del que marchaba delante, bailaban encadenados y entonaban los sensuales coros que descienden de los cerros. Eran cánticos muy tristes, que provenían de la carne.
De pronto, alguien me tomó por el brazo, cantando: “Agárrate bien, agárrate bien, no rompas el corro…” El brazo que se cogió del mío tenía una blanca y fina mano. Nunca lo olvidaré. Era una blanca y fina mano. Me volvi. La dueña de la mano era una blanca y dulce doncella. Fué una visión extraordinaria. Me pareció que descendía hasta mi la blanca Arabela, la doncella del castillo que tiene una torre oscura donde se van a posar las golondrinas. ¡Pobre mito infantil!… En las largas noches de la hacienda se contaba la historia de la casta Arabela, que murió de amor y que en la torre del castillo entonaba tristes melodías.
Por efecto de la excitación en que me hallaba o debido a cualquier otra alteración, el caso es que sentíme fuera del tiempo y del espacio, de modo que mis ojos sólo percibían la dulce visión. Era ella, Arabela. ¡Qué bella estaba!… La música lasciva se hizo distante y las voces de los hombres llegaban hasta mí lentas e inconexas. En medio de los cuerpos exhaustos, Arabela surgía, incorpórea y casta. Parecía que yo me comunicase con Dios y que un angel hubiese descendido sobre mí. Mi cuerpo se deshacía en armonías, y uma alegre música de pájaros estremecía el aire.
No sé cuánto tiempo duró el encantamiento, y sólo recuerdo vagamente que en un instante imposible de localizar en el tiempo o en el espacio, aquella mano se me escapó. También tengo una vaga idea de que alguien me recogió del suelo, pisado y magullado, y me puso en un sofá donde, ya siendo de día, recobre el sentido.
El mito de la doncella Arabela ha llenado mi vida. Este absurdo romanticismo de Vila Caraíbas tiene una fuerza tal que supera a las burlas del Belmiro sofisticado y hace crecer en mí desmesuradamente un Belmiro patético y oscuro. Pero vivan los mitos, que son el pan de los hombres.
En esta noche de miércoles de ceniza, lluviosa y reflexiva, me doy cuenta de que voy entrando en una fase de la vida en que el espíritu prescinde de sus conquistas y el hombre torna a la infancia en una conmovedora pesquisa de los remotos Orígenes del ser.
Hace mucho que vivo en estado de entrega. Entregarse a las puras y mejores emociones, renunciar a los rumbos de la inteligencia y vivir simplemente por la sensibilidad – cerrando de nuevo, cautelosamente, al margen del camino, el velo que cubre la faz real de las cosas y que fué descorrido acá y allá por mano imprudente – paréceme el único camino posible. Donde hubiere claridad, hágase la débil luz del crepúsculo, para que las cosas se tornen indefinidas y podamos engendrar nuestros fantasmas. Acaso fuera ésta una fórmula para conciliarnos con el mundo.

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Fonte: ANJOS, Ciro dos. El amanuense Belmiro: novela. México, Tezontle, 1954, p. 28-31.

BELMIRO


7

La Princesse Arabelle


Ciro dos Anjos

Il m’est arrivé hier soir une chose réellement extraordinaire. Ne pouvant plus tenir à la maison, je descendis dans l’avenue, comme j’en ai l’habitude. Elle était déjà pleine de fêtards qui profitaient come ils pouvaient de leur troisième nuit de carnaval.
J’examinais d’accortes colombines du côté de la Praça Sete quand, de manière inattendue, je me vis entraîné dans le flux d’un cordão : J’essayai de m’en dégager comme je plus, mais la vague humaine était immense et grandissait autour de moi, derrière, devant et sur les flancs. Je m’abandonnai alors à cette humanité qui me parut plus fatiguée que gaie. Les sambas étaient tristes et les hommes dégoulinaient de sueur. Un homme-singe me donna le bras et me dit de chanter. Je lui répondis que, jeune homme, je m’étais ruiné la voix en sérénades et qu’en la circonstance elle m’était de peu d’utilité. J’imagine la tête que je fis à ce moment – là, en col dur et pincez-nez au milieu de cette ronde joyeuse, car les farceurs me trouvèrent à leur goût et je fus pour quelques instants le clou du cordão. Ils firent tant et si bien que, sans m’apercevoir du ridicule de la situation, je me mis à chanter un vieil air de Vila Caraïbas.
Un énorme rire éclata autour de moi. M’entraînant dans une course éperdue, ils m’abandonnèrent bientôt au milieu de la rue, ivre d’éther et des confettis plein la bouche. Un autre cordão me poussa alors d’un autre côté et, ballotté dans ce va-et-vient incessant, je devins le jouet des événements. Parfois une giclée de parfum m’atteignait. Je cherchais, les yeux reconnaissants, l’origine de cette douce attention. Mais je découvrais, bientôt déçu, la coulée de parfum sur un autre visage auquel le destinait une poupée hollandaise. Malgré tout, ces miettes me consolaient et me touchaient. Qu’on me donne un jet d’éther perdu dans l’espace et je construirai un royaume ! Pendant ce temps la poupée hollandaise fut enlevée par un prince russe qui la délivra des bras d’un marin.
À force de boire ici et là, je finis par être la proie d’une grande excitation, courant derrière les choros les blocos et les cordões . Puis, je ne sais trop comment, ni mêlé à quel groupe, j’entrai dans les salons d’un club, accompagnant la foule dans sa liturgie païenne.
Je me souviens, hommes et femmes en file indienne, les mains posées sur les hanches de celui qui allait devant, dansaient enchaînes et entonnaient des airs venu de là-haut, du Morro³ , des chansons tristes tirées de la chair.
À un moment donné quelqu’on me prit le bras en chantant : « Tiens bon ma main, mon coeur, tiens bon. Ne laisse pas s’échapper le cordão… » Le bras qui se souvint de mon bras avait une main blanche et fine. Je n’oublierai jamais : une main blanche et fine. Je tournai la tête : la propriétaire de la main était une blanche et douce demoiselle. Ce fut une vision extraordinaire. Il me semblait que la blanche Arabelle était descendue jusqu’à moi, la princesse du château à la tour sombre où les hirondelles vont se poser. Pauvre mythe de mon enfance ! Pendant les longues nuits de la fazenda, on racontait l’histoire de la chaste Arabelle qui mourut d’amour et dont le chant désolé emplissait la tour du château.
Effet de l’excitation sur mon esprit ou de quelqu’autre perturbation, je me sentis hors du temps et de l’espace, mes yeux ne voyaient que la douce apparition. C’était elle, Arabelle. Comme elle était belle ! La musique lascive s’éloigna, les voix des hommes me parvenaient, lentes et incohérentes. Au milieu des corps exténués, l’incorporelle et chaste Arabelle. Il me semblait que je communiquais avec Dieu et qu’un ange était descendu jusqu’à moi. Mon corps se dissolvait en harmonies et l’air vibrait d’un joyeux chant d’oiseau.
Je ne me rappelle pas combien de temps dura l’enchantement, je sais seulement qu’à un moment difficile à situer dans le temps et dans l’espace, la main m’échappa. J’ai aussi la vague impression que quelqu’un me ramassa par terre, piétiné, meutri, et m’étendit sur un canapé. Le soleil était déjà haut quand je me réveillai.
Le mythe de la princesse Arabelle a rempli ma vie. Cet absurde romantisme de Vila Caraïbas a plus de force que tous les sarcasmes du Belmiro sophistiqué, et fait grandir en moi, démesurément, un Belmiro pathétique et sombre. Mais soit ! Et que vivent les mythes qui sont le plain des hommes.
En cette nuit de mercredi des Cendres, pluvieuse et recueillie, je vois bien que j’entre dans une phase de la vie où l’esprit renonce à ses conquêtes, où l’homme part à la recherche de son enfance dans une quête émouvante des loitaines origines de l’être.
Il y a longtemps, pour ma part, que je connais cet état d’abandon. S’abandonner aux pures et aux meilleures émotions, renoncer aux effets de l’intelligence et vivre simplement à travers sa sensibilité – descendre à nouveau soigneusement, au bord du chemin, le voile qui couvre la face réelle des choses et qui fut ça et là soulevé d’une main imprudente – me semble la seule voie possible. À la clarté préférons la lumière fragile du crépuscule, à l’heure où les choses deviennent indécises et nous laissent à loisir engendrer nos fantasmes. Peut-être y a-t-il là une manière de nous réconcilier avec le monde ?

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Fonte : ANJOS, Ciro dos. Belmiro (Belo Horizonte, 1935) : roman. Traduit du portuguais par Cecile Tricoire. Paris : A.M. Metailie, 1988. p. 110-111.



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