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NOVELAS NADA EJEMPLARES





Autor: Dalton Trevisan
Título: NOVELAS NADA EJEMPLARES
Idiomas: esp
Tradutor:
Data: 28/12/2004

NOVELAS NADA EJEMPLARES


Tío Galileo


Dalton Trevisan

De tan pobre, la madre dio a Betito a aquel hombre: que fuera bueno con el tío Galileo, que era cardíaco, capaz de morir de una hora para otra, y podría convertirse en su heredero.
Después de partir leña, sacar agua del pozo, limpiar el palo del papagayo, el chico secaba los platos para la cocinera, que no dormía en la casa. Todas las noches, Betito subía la escalera, para llevar el orinal y recibir la bendición del tío Galileo. Golpeaba en la puerta y el viejo gritaba: “Entra, hijo mío”. El muchacho le pedía la bendición y besaba la mano – pálida, blanda y húmeda madre del agua . Los domingos recibía la moneda más chica, que el padrino enterraba entre los nudos del pañuelo a cuadros.
Tío Galileo raramente salía y, de regreso, al quitarse el saco, exhibía dos redondeles de sudor en la camisa. Arrastraba los pies, bufando siempre la mano en el pecho. Acariciaba la cabecita del papagayo, que sacudía el pescuezo y erizaba el plumaje al entender la voz babosa: “Piojito… piojito…” Entonces subía la escalera, dedos crispados en el pasamano, aislándose en el cuarto. Se oía un silbido a través de la puerta: ¿ la alegría de apilar el dinero?
Cerraba la puerta del cuarto y se llevaba la llave. Delante de él era hecha la limpieza por el muchacho o por la negra, y nunca por Mercedes. Sentado en la cama, impaciente rascándose sobre el pantalón una eczema en la pierna, vigilaba con ojito perverso a la persona que barría y limpiaba los muebles. Y nunca silbaba con alguien en el cuarto. Se quedaba instalado en la cama que él mismo arreglaba, sin permitir que le dieran vuelta al colchón de paja.
Mercedes salía a hacer compras, perfumada y con sombrilla azul. El hombre discutía con ella, se lamentaba de que lo arruinaba y por su culpa sufría de angina.
Los domingos, con la negra de día franco, Betito preparaba el desayuno y lo llevaba a la cama para Mercedes. Abría la puerta, esperaba acostumbrarse a la penumbra del cuarto y, al posar la bandeja en el lecho, sentía entre las sábanas la fragancia de la manzana madura guardada en el cajón. Aparecíale la blanca mancha del espejo como el rostro soñoliento de Mercedes. Ella vivía encerrada en el cuarto. Tío Galileo no toleraba que Betito o la negra la sorprendieran con kimono rojo por la casa.
Una noche, Mercedes apareció en el cuarto de Betito. Ya estaba acostado, con la luz apagada. Ella se sentó al pie de la cama, reveló que se había casado con le tío Galileo por ser viejo y el primero en anunciar que podía morir de una hora para otra. Mentira del vejete, para ilusionar a las personas y servirse de ellas sin pagar. No sufría del corazón ni siquiera sabía qué era el corazón, escondiendo cada día más dinero entre la paja. Cuando crepitaba el colchón allá en el cuarto era avaro que revolvía en el tesoro. Tan mezquino que no moriría antes de que ella fuese una viejita. Hablaba en voz baja, inclinada sobre el muchacho acostado en la cama.
Un bruto, según ella, que la olvidaba, durmiendo en cuarto separado, con miedo de que, si cerrase los ojos, alguien fuera a robarlo. El diablo, lo insultó, apestado como el papagayo loco, que la había mordido y le dejara en el dedo una señal de la mordedura. El muchacho se inclinó para besar el dedito gordo. Se contuvo a tiempo, mordió los dientes con tanta fuerza que crujieron. Mercedes se levantó de la cama y juró que, si el monstruo muriese, daría a Betito lo que le pidiera.
El muchacho no pudo dormir y, media hora después, saltó la ventana. Agarró en el palo al papagayo, con la cabeza escondida en el ala, los piojos corrían por el pico de punta quebrada. Betito retorció como un pañuelo mojado el pescuezo del bicho y lo enterró en los fondos.
Al día siguiente, el hombre buscó al papagayo por toda la casa, silbando debajo de cada árbol. Betito sugirió que el ave había huido. Fue a colocar el orinal bajo la cama y, al recibir la bendición del padrino, uno de los piojos corrió desde su mano hacia la del viejo – uno de los piojos rojos de la peste.
Dos noches más tarde, Mercedes volvió a su cuarto. Reclinada en la cama, ajustaba y desajustaba el cinturón. Era noche caliente, se quejó del calor y abrió el kimono. Betito vio que estaba desnuda bajo la bata.
-Ve – dijo la mujer -. Ve, mi bien. Primero fue el papagayo. Ahora le toca al viejo.
Betito se puso de pie. Temblaba tanto, que ella lo ayudó a ir hasta la puerta:
-Ve, mi amor. Es el turno del viejo.
Era la hora de pedir la bendición. Betito subió la escalera. A los pasos de alguien en le corredor el avaro, entre el ruido del colchón, preguntaba quién era. Aquella noche no preguntó nada. Betito abrió la puerta, avanzó lentamente la cabeza por ella. Tío Galileo se había acostado vestido, la bolsita de tabaco derramado sobre el chaleco de terciopelo. Había tratado de armar un cigarrillo, sin poder envolver la paja con los dedos temblorosos… De ojos muy abiertos, la boca negra y abierta no bendijo a Betito. Se hacía el muerto, nunca más fingiría.
Tío Galileo no gritó. Ni siquiera cerró los ojos y fue más fácil que con el papagayo. Betito le sofocó la boca debajo de la almohada.
Los pies descalzos de Mercedes bajaban por la escalera. Él levantó el colchón, rasgó la tela, revolvió la paja: nada. Se detuvo a escuchar: Los pasos perdidos de la mujer. Precisaba avisarle que el viejo los había engañado. Era tarde, ella abría la ventana gritando:
-¡Socorro, asesino! Va a matar a Galileo…

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Fonte: TREVISAN, Dalton. Tío Galileo. In: Novelas nada ejemplares. Caracas: Monte Avila, 1969. p. 47-50.

* Ser fantástico, especie de sirena de ríos y lagos.

 



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