Revista Mulheres e Literatura – vol. 17 - 2º trimestre - 2016



LA EXPERIENCIA MUDA DE LA INFANCIA EN MEMORIA POR CORRESPONDENCIA, DE EMMA REYES – Susana Ynés González Sawczuk





 

 Susana Ynés González Sawczuk

Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín

 

 

Resúmen: Se parte de las reflexiones de Giorgio Agamben, en Infancia e historia, sobre la experiencia muda de la infancia comprendida como experiencia originaria, aferrada al aprendizaje de un padecer, y la imaginación como médium, por excelencia, del conocimiento. Se problematiza, entonces, en torno a la relación infancia/experiencia siguiendo las misivas en Memoria por correspondencia, de Emma Reyes, que más allá de cierta confesión afectiva, son relatos de la infancia que, como cifra de una génesis dolorosa, nos invitan a sumergirnos en los procedimientos de la mediación del lenguaje en el padecer, en la palabra, ante el intento por asir y dar cuenta de la experiencia de la aflicción.

 

Palabras-clave: infancia, experiencia, lenguaje, aflicción

 

Abstract: This paper departs from the reflections of Giorgio Agamben, in Infancy and History, about the silent experience of childhood understood as an original experience that clings to the learning of suffering, and basically links to imagination as a medium of knowledge. It problematizes the relation between childhood and experience according to the letters of Emma Reyes in Memoria por correspondencia. Beyond   emotional confessions of these stories of childhood, they represent the genesis of pain and invite us to submerge in the proceedings of the mediation of language in pain, and in the Word, aiming at understanding the experience of grief.

 

Keywords: childhood, experience, language, grief.

 

Minicurrículo de la autora: Doctora en Letras de la Universidad de São Paulo (Brasil). Profesora Titular del Departamento de Estudios Filosóficos y Culturales, de la Facultad de Ciencias Humanas y Económicas, de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Los intereses temáticos abarcan la literatura latinoamericana, retóricas del cuento, ficción y crítica, ficción y memoria, espacios de subjetividad.

 

LA EXPERIENCIA MUDA DE LA INFANCIA EN

MEMORIA POR CORRESPONDENCIA, DE EMMA REYES

 

Susana Ynés González Sawczuk

Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín

 

 

En abril de 2012 se publica Memoria por correspondencia, de Emma Reyes (Bogotá, Colombia, 1919 / Burdeos, Francia, 2003), artista plástica que hizo su carrera en Europa. Son veintitrés cartas escritas entre 1969 y 1997 dirigidas a su querido amigo, Germán Arciniegas. Textos breves que superan el registro íntimo de la correspondencia individual, de un sí mismo amarrado a una autorreflexión muchas veces tediosa y, al contrario, atrapan difuminando sentidos de una época. Más allá de cierta confesión afectiva, son relatos de la infancia que, como cifra de una génesis dolorosa, nos invitan a sumergirnos en los procedimientos de la mediación del lenguaje, en el padecer, en la palabra ante el intento por asir y dar cuenta de la aflicción.

Dos aspectos pueden delimitar una primera apreciación. Uno atiende a la modalidad de escritura, las cartas que, con registros de una novela de formación, sostienen en el relato una temporalidad progresiva y, más, ante la ausencia de las respuestas del interlocutor se hace misteriosa y extraña aquella dimensión unidireccional que puede sellar con tanta fidelidad los dos extremos de las misivas, porque no hay hiatos, ni vacíos en el relato, sino susurros de una profunda confesión que parece no necesitar su confirmación. Quien escribe y, por ende, su destinatario, quien lee, lo hacen en un presente suspendido que diluye también el espacio, las distancias de continentes se pierden y la palabra presentifica la amistad. En ese artificio se replican significantes e imágenes de una vivencia dolorosa y de inmenso abandono que enmarca los tiempos de la infancia de la narradora.  Así, se refuerza un pacto de lectura; alguien da cuenta, tal vez, de cierta promesa atesorada hace tiempo -la autora tiene 50 años en la primera misiva-  y se dispone, ante un amigo, a cumplirla y saldar en la escritura los momentos decisivos de cualquier tiempo humano: la niñez y adolescencia. En las breves cartas, se abren tensiones que estructuran una historia de vida signada por la pobreza y la falta de afecto en su Colombia natal;  el encierro en sus años de niña y adolescencia en el convento, típico modelo de internados de época que definen espacios de control y disciplina, siempre sesgados por la lógica de la productividad; la displicencia y desidia que tiene, ante los niños, una sociedad parroquial, hipócrita y pacata que los maltrata, los esconde y esclaviza; la corrupción y la doble moral de una burguesía política; y no otra cosa que el prejuicio y la falta de oportunidades de la mujer, en esos tiempos. En fin, se condensan sentidos en una trama, que podríamos denominar binaria, contraste de variantes opuestas que sobredeterminan una modalidad para significar experiencias demasiado adversas y tan distantes de una subjetividad, que no deja de auscultarse y medirse en esos tramos de la vida, que transita como una viajera obsesiva por encontrar las cifras de su existencia.

El otro aspecto, más sorprendente, abre una reflexión sobre la construcción del yo narrativo que emerge, desplazado en el tiempo, por la escritura, para dislocarse y pasar de sujeto de la enunciación a testigo que entrecorta su monólogo interior e interpela tanto a un escucha como a sí misma, se cuestiona y desconfía del lenguaje, demasiado movedizo para una narradora nada impertinente. Parto de este camino de lectura que atraviesa como principio axial el calvario del relato y me refiero a la inmersión, siempre esquiva, que provocan escrituras privadas dolorosas que, en este caso, como ejercicios de memoria vuelven a traer la relación infancia/experiencia.  Para lo cual, parto de las reflexiones de Giorgio Agamben, en Infancia e historia, sobre la experiencia muda de la infancia (como experiencia originaria, aferrada al aprendizaje de un padecer), y la imaginación como médium, por excelencia, del conocimiento.

 

La “experiencia muda” de la infancia  

Conocemos por Walter Benjamin la inmensa soledad que provocan las experiencias traumáticas ante la imposibilidad de compartirlas, de traducir esa incapacidad –en tránsito incomprensible- en un conocimiento que, como blindaje individual, nos cobije en nuestros semejantes.  Quizás sea ésta la razón por la cual Emma Reyes necesitó pasar los cincuenta años de vida para decidir capturar, en la escritura, su padecer, transformarlo en relato que se pueda comprender y, así, compartir. Sólo algunos tramos de las primeras misivas son suficientes para situarnos en una infancia miserable. Siendo muy niña comparte, con su hermana Helena, el encierro en una casucha, en Bogotá, con una temerosa, Sra. María, de “enorme mata de pelo negro” (REYES, 2012, p. 18) y un niño, “el piojo”. Y necesitó pocos párrafos para impactar al lector, en una escena que, sin golpes bajos, cifra toda su experiencia de formación: el abandono como destino inexorable. Así, a partir del “piojo”, Eduardo, parecería que intercambiado por dinero, se suman las ausencias con otro posible hermanito (dejado en la puerta, de cualquier convento), castigo que, sin ninguna piedad, les llegaría a ambas, a Emma y a su hermana, perdidas en una estación de trenes de un pueblo, cuyo nombre no pueden recordar. Y es en la elección de ese acontecimiento, como frontera y punto de partida de una vida, que asistimos, como una epifanía, a la pura experiencia originaria que, al decir de Agamben, “lejos de ser algo subjetivo (…), antes del lenguaje: [es] una experiencia muda (…), una in-fancia del hombre, cuyo límite justamente el lenguaje debe señalar” (p.64). Prueba que se fija como impronta de una vivencia traumática donde los ecos no tienen lugar y el silencio, la ausencia de palabras para significar, se impone. Así, la infancia es el espacio de reconocimiento del lector y no otra cosa que soledad invade a la narradora quien, como presagio ante la escena del abandono del “piojo”, nos aclara que “en ese momento (…) nació entre Helena y yo una especie de pacto secreto y profundo; un sentimiento inconsciente de que éramos solas y que sólo nos pertenecíamos la una a la otra” (REYES, 2012, p. 27). Esa es la fuerza en el relato que parece sólo sostenida por la tenacidad de quien busca, en soledad, en la minucia y en los detalles, recuperar esos hechos innombrables, despojados de sentencias, a partir de la voz entrecortada de una niña. En esos hechos estaría cifrada toda su infancia, son como mojones en el relato, tan contundentes y definitivos como despojados de cualquier mediación inteligible. En los tres episodios de abandono, asistimos como tramo doloroso a “un aprender únicamente a través y después de un padecer [páthei], que excluye toda posibilidad de prever; es decir, de conocer algo con certeza [máthos]” (AGAMBEN, 2001, p. 17). La clave está en la fuerza de la infancia muda porque es la niña Emma quien nos habla, por eso, hay cierto encantamiento del lector que confía y da crédito a la memoria de cada misiva. Aunque esa narradora (que nos encanta), en los momentos más angustiosos de sus vivencias, se desdobla temerosa porque duda y apela a su interlocutor, padece y requiere su aprobación para seguir.

Nada más conmovedor que acompañar ese movimiento del lenguaje que agoniza por no encontrar la certeza, en la palabra. Y entonces, ese aprendizaje, esa materia de conocimiento (máthos) que, como tal, puede transformarse en experiencias compartibles, se hace insegura, repito, en particular, en los momentos más decisivos y angustiosos de su vida,  provocando, al contrario de lo esperado, un efecto de realidad que sella más el pacto de lectura, tal vez, por espejarnos en esa agonía.

Así, se intercalan registros entre un auténtico sujeto de la experiencia pura (páthei) de esa niña, Emma, “Nené, bizca y feita” como se recuerda en los relatos ajenos, que sólo puede hacer experiencia sin tenerla, es decir, sin asirla, sin comprenderla; pasando a esta narradora, sujeto del conocimiento, que condenada a la pérdida de la experiencia, sólo puede transmitirla y hasta mostrarse en su inseguridad; como se expresa en el relato del segundo abandono del llamado “Niño, José sin sal”, en la carta 8, que representa otro de los momentos de clímax. En breves páginas, se asiste a esos desdoblamientos de la voz narrativa. Al comienzo, sin intuir lo peor, la niña acepta su desdicha con estoicismo y nos informa, “sólo una cosa nueva se produjo en nuestra vida y es que la Srta. María tomó la costumbre de pegarnos y (…) decidió que no importaba cuál había cometido la falta, ella nos pegaba a las dos” (REYES, 2012, p. 59). Y esa niña que, desconociendo lo que iba a ocurrir, será testigo del abandono de quien más ama, ante la impotencia cierra el episodio con la lucidez que brinda el monólogo interior. Incluso, antes de informarnos que se quedó muda por tres días, tal como lo recuerda, “creo que en ese momento aprendí de un solo golpe lo que es injusticia y que un niño de cuatro años puede sentir el deseo de no querer vivir más y ambicionar ser devorado por las entrañas de la tierra. Ese día quedará sin duda como el más cruel de mi existencia” (p. 62).

Ahora bien, parecería que acompañamos, en la misma lectura, una escritura cuyo telos no es otro que alcanzar y, por ende, transmitir en el lenguaje, una comprensión. Un volver a traer lo que no se podía nombrar, por padecerlo sin entenderlo. Y aunque resulte extraño no quedar preso en esa ambigüedad, los lectores se dejan llevar por la narradora, en ese viaje hacia la infancia y se instituye, siguiendo a Agamben, aquel entramado misterioso que enlaza la Infancia con el lenguaje y la verdad, porque “infancia y lenguaje parecen así remitirse mutuamente a un círculo donde la infancia es el origen del lenguaje y el lenguaje, el origen de la infancia. Pero tal vez sea en ese círculo donde debamos buscar el lugar de la experiencia” (p. 66). Y bien, a pesar de haber logrado significar esa experiencia traumática, la narradora sale del soliloquio y se remite a su interlocutor, necesita el amparo de un escucha y así lo expresa en su conmovedora despedida de esta breve carta: “sumercé, estoy triste porque esta carta no me salió como yo hubiera querido, pero no me siento capaz de repetirla. Besos para toda la familia y no me olviden. Emma. París, Octubre/69” (REYES, 2012, p. 62). La dificultad se muestra en esos intercambios, la experiencia queda bloqueada ante el lenguaje, por eso titubea ante la escritura de una de las misivas, si bien más duras, también más claras y precisas, y reflexiona como sujeto del conocimiento, como si la narradora niña se hubiese extraviado. En síntesis, toma distancia, incluso parecería que cobra conciencia en el mismo relato, de haber llegado a la experiencia en estado puro, al límite del lenguaje como origen de la infancia, que es el misterio, sabiendo que sólo se sale por el conjuro de la palabra, porque “así como la infancia destina el lenguaje a la verdad, así el lenguaje constituye la verdad como destino de la experiencia” (AGAMBEN, 2001, p. 71).  Y como duda de haber restituido su verdad, nos coloca, siguiendo al filósofo, ante esa escisión que se da en la infancia entre lengua (lo semiótico) y discurso (lo semántico), reflexiones recuperadas a partir de los aportes de Benveniste, separación que define e instituye al lenguaje adulto (AGAMBEN, 2001, p. 71-76).

La narradora queriendo transmitir la experiencia de aquella niña que fue, siente que quedó atrapada en el discurso. Emma se angustia y se despide, hasta excusándose, es un ser histórico, no se reconoce en ese intento por transmitir una comprensión aunque, repito, el efecto que provoca sea, precisamente, lo contrario. Lo que la paraliza es la puesta al día del balance de su vida, tal vez desconoce que encontró su verdad, con su libro. Ahora bien, si el procedimiento de apelación a un escucha refuerza el diálogo como marca de la modalidad epistolar, por eso también lo encontramos en otras misivas más animadas, igual resulta imperiosa la necesidad de mostrar ese plus, de constatar que alguien espera la continuidad del relato, de interpelar su atención y así buscar su aprobación.  Aunque, en esos tramos se llega al nodo de esa soledad y al silencio, ante el desconcierto y dolor de una niña por semejante desprotección que produce el abandono y el maltrato que la espera, también hay otro trabajo con la escritura, y la fantasía se impone (de nuevo cobra fuerza la infancia muda) y también la ironía, y hasta el temple, la serenidad, de quien tiene la capacidad de desdoblarse y salir del padecer y dejarse llevar por el lenguaje.

Por eso, no hay angustia, no es un relato que asfixie, no ahoga al lector ni lo desespera con hechos escabrosos. Sí lo sumerge en alguna turbulencia, pero lo rescata con humor y con cierta inocente malicia. Incluso, aunque algunas convenciones quedan claras de entrada, como lo hace en la primera misiva donde prepara al lector para lo que debe atenerse, condensa su existencia en la precisa definición de quien reconoce su vida de privación, porque “en esos medios uno nace sabiendo lo que quiere decir hambre, frío y muerte” (REYES, 2012, p. 21). Interesante manifestación de quien, sin tener oficio en la escritura, demuestra que sí cumple, a cabalidad, con el reconocimiento de ser una fabuladora incomparable. A pesar de esa sentencia en la primera carta, que bien podría ser el epígrafe de una de las puertas del infierno, no se esperan relatos que linden con la obscenidad, al contrario es una invitación a escuchar, se podría pensar que al lenguaje en estado puro, es decir, “como el lugar donde la experiencia debe volverse verdad” (AGAMBEN, 2001, p. 70). Y esa verdad adquiere contundencia, ante el recuerdo del tercer episodio de abandono, cuyas víctimas serán Emma y Helena, en la carta número 10. En la misma, la fidelidad que da el tránsito de experiencias angustiosas se resuelve en los detalles, en la descripción de los lugares y personas1, como si el tiempo se hubiese congelado y el dolor fijara la experiencia en la voz de la niña. Incluso, esa veracidad se refuerza hasta en la angustia por la pérdida de una palabra, en el olvido de ambas hermanas  -todavía incomprensible para Emma, a pesar del paso del tiempo- del nombre del pueblo, donde estaba la estación de trenes, donde no las esperaron y las dejaron abandonadas2. Y, otra vez, se replica la infancia muda. Para significar la aflicción se necesitaron más de cinco referencias al silencio, en estas breves páginas para capturar la experiencia, así nos relata las peripecias de ese infortunio, “como cuando abandonamos al Niño, me quedé muda” / “nuestro llanto se volvió mudo” / “nosotras seguíamos mudas” / “nosotras seguíamos sin hablar” / “ninguna de las dos hablaba” (REYES, 2012, p. 72-78). Pero sí pudo hablar y pasar el umbral y salir al mundo.

Finalmente, texto que nos deslumbra, más que por la extraordinaria templanza de haber logrado sortear la desesperanza y cimentar una existencia, por adentrarnos en recorridos tan sinuosos sin perder la ternura, el humor y la maravillosa pulsión de vida.

 

 

BIBLIOGRAFÍA CITADA  

AGAMBEN, G. (2001). Historia e infancia. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora

REYES, E. (2012). Memoria por correspondencia. Bogotá: Fundación Arte Vivo Otero Herrera. Laguna Libros.

 

 

NOTAS

1 Interesante salto temporal en el relato de quien recupera el presente suspendido, que facilitan las epístolas, y se remite directamente a su interlocutor, con la siguiente reflexión, “a ti te parecerá extraño que yo pueda contarte con detalle y con tanta precisión los acontecimientos de esa época tan lejana. Yo pienso como tú, que un niño de cinco años que lleva una vida normal no podría reproducir con esa fidelidad su infancia. Nosotras, tanto Helena como yo, la recordamos como si fuera hoy y la razón no te la puedo explicar. Nada se nos escapaba, ni los gestos, ni las palabras, ni los ruidos, ni los colores, todo era ya claro para nosotras” (REYES, 2012, p. 74).

2 La narradora vuelve a interrumpir su descripción y demuestra su desconcierto ante el olvido: “es curioso que ninguna de las dos se acuerda del nombre del pueblo donde se tomaba el tren. Recordamos la estación, el hotel y la iglesia, pero ninguna calle” (REYES, 2012, p. 75).

 



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