REVISTA LITCULT75Revista LitCult - Vol.1 - 2001



EL SURGIMIENTO DEL DISCURSO CRÍTICO EN COSTA RICA – Dr. Claudio Bogantes





Resumo:
Este artigo apresenta a história e a política do contexto social da Costa Rica que subjazem à possibilidade de formação de um discurso crítico em geral. Tem como base a teoria de Bakhtin sobre narração dialógica que contrapõe à fala monológica imperialista e anti-democrática de opressão do outro.

Texto:

 

EL SURGIMIENTO DEL DISCURSO CRÍTICO EN COSTA RICA

 

Dr. Claudio Bogantes

Universidad de Aarhus, Dinamarca

 

 

Alvaro Quesada Soto in memoriam

Introducción

 

El 1º de mayo de 1913 se celebró en Costa Rica, por primera vez, el Día del Trabajo con sus correspondientes desfiles, manifestaciones, discursos y conferencias. Esa celebración marcaba públicamente la conquista de un espacio social, económico, político y cultural que nuevos actores sociales habían venido reivindicando desde finales del siglo anterior en el seno de la nación organizada y controlada por la oligarquía cafetalera. Significativamente, en el momento en que la oligarquía institucionalizaba su poder durante el último cuarto del siglo XIX, después de la caída de la dictadura del general Tomás Guardia, su legitimitad comenzaba a verse seriamente cuestionada por la presencia y peso del capital americano, por nuevos fenómenos sociales, por fuerzas e ideas tanto internas como externas. Un aspecto importante de este custionamiento puede ser rastreado en la producción intelectual de la llamada generación del Repertorio Americano.

 

A nivel teórico y metodológico, Mijaíl Bajtín establece una diferencia entre “persona” y “cosa”, o sujeto y objeto, como límites del conocimiento. Como objetos de conocimiento el hombre tiene delante de sí “cosas” y otros sujetos. El discurso que genera el conocimiento de las cosas es un discurso “monológico”: El sujeto enunciador es quien tiene la palabra. Es evidente que el sujeto cognitivo y enunciador puede tratar a sus semejantes como cosas, reificando así a los otros sujetos, su discurso es entonces, tal el discurso sobre las cosas, un discurso monológico y además autoritario, pues, por así decirlo, es un discurso que le “cierra la boca al otro” para quedarse él con la última palabra.

 

En el discurso de la oligarquía cafetalera costarricense, los sujetos de las clases populares no tenían, literalmente, ni voz ni voto. Con la generación delRepertorio Americano, que toma su nombre del famoso periódico que Joaquín García Monge comenzara a publicar a partir de 1919 y que circularía por toda América hasta la muerte de su fundador y editor en 1958, surge y se establece un nuevo discurso. Este discurso, que se contrapone al discurso de la oligarquía, es un discurso dialógico, en sentido bajtiniano.

 

En investigaciones anteriores he centrado mis análisis del discurso crítico costarricense sobre obras de carácter ficcional, principalmente novelas y cuentos; en ocasión de la celebración de nuestro simposio en el marco del Quincuagésimo Congreso de Americanistas, quisiera volver mi mirada hacia la obra de algunos ensayistas, pensadores y polemistas de principios del siglo pasado.

 

El discurso monológico de la oligarquía y la invención de la Nación

 

Desde mediados del siglo XIX la oligarquía había logrado, gracias a la bonanza económica acarreada por la exportación de café a Inglaterra, ir creando y organizando un Estado-nación basado en un amplio consenso más o menos negociado con las clases subalternas. Inicialmente estas clases aceptaron los valores e intereses particulares de la oligarquía –su proyecto civilizador, por así decirlo? como los intereses y valores generales de la joven nación como tal. Al contrario de lo que sucedía en los otros países del istmo centroamericano, y en buena parte del resto de América Latina, la oligarquía cafetalera costarricense para llevar adelante su proyecto no echó, con contadas excepciones, mano de los militares, sino que organizó en su lugar, bastante pronto, un sistema escolar, el cual se mostraría muy eficaz en la imposición suave y pacífica de su proyecto y de su hegemonía. Las primeras leyes que instituían la escuela primaria gratuita, obligatoria y costeada por las municipalidades son de 1869. A partir de la década de 1880, la escuela pasará a ser costeada por el Estado, convirtiéndose pronto en el instrumento ideal y eficaz para la “invención de la nación”, para decirlo con un concepto de Benedict Anderson.

 

En 1856-57 Costa Rica había participado en la campaña centroamericana contra los filibusteros capitaneados por William Walker, que financiados por los eclavistas del sur de los Estados Unidos, pretendían anectar Centroamérica a la pujante nación del Norte. En primer lugar me parece oportuno recordar que, como en el caso del surgimiento de muchas otras naciones como comunidades imaginadas, una guerra hace que los varones jóvenes, en su mayoría campesinos que por lo general no se han aventurado muy lejos de sus parroquias, de pronto se descubren como miembros de una colectividad mayor. En el caso concreto como costarricenses. Las primeras formulaciones explícitas de algunos de los elementos que más tarde pasarán a formar parte de la comunidad imaginada las podemos rastrear en las proclamas del jefe de Estado, Juan Rafael Mora. El proyecto de transformar la vieja capitanía de Guatemala en la República Federal de Centroamérica había sido abandonado en los diferentes países. Así, en el caso de Costa Rica, el 14 de noviembre de 1838 una asamblea constituyente declaraba que el país asumía la plena soberanía. Pero no será sino diez años más tarde, el 31 de agosto de 1948, que Costa Rica se declarará República (Monge Alfaro 1978, p. 205). Las proclamas de Mora al llamar a las armas contra William Walker, en 1856, muestran la existencia de un sentimiento nacional, así como la conciencia de las obligaciones de solidaridad con el resto de Centroamérica y la idea de pertenecer a una entidad mayor, Hispanoamérica, con la que se comparte una serie de valores. El historiador Carlos Monge Alfaro cita el manifiesto del 1o. de marzo, que Mora iniciaba así: “Compatriotas: ¡A las armas! ha llegado el momento que os anuncié: marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos”. (Monge Alfaro, 1978, p. 208) Con el término “hermanos” se refiere Mora a los otros centroamericanos. María Amoretti en su trabajo sobre el himno nacional, Debajo del canto, tiene una cita más extensa que muestra la solidadridad con los demás centroamericanos y la idea de participar a la defensa de la independencia del subcontinente: “Vamos a luchar por redimir a nuestros hermanos de las más inicua tiranía -dice Juan Rafael Mora en su segunda proclama-; vamos a ayudarlos en la obra fecunda de su regeneración”. Luego agrega: “Al pelear por la salvación de nuestros hermanos, combatiremos también por ellos, por su honor, por su existencia, por nuestra patria idolatrada y por la INDEPENDENCIA HISPANOAMERICANA.” (Las mayúsculas son de Amoretti). Aquí “patria idolatrada” se refiere ya sin duda Costa Rica.

 

Mas no será sino a finales del siglo XIX que esta campaña pasará a denominarse precisamente “la campaña nacional”, hasta entonces llamada campaña centro-americana. Es por esa misma época que se inventa la bandera y se establece el mito de un héroe nacional: el Erizo Juan Santamaría, modesto tambor de la tropa de 1856. Se trata de un joven de extracción popular, mestizo o mulato y de padre desconocido, que sacrificó su vida al pegarle fuego, el 11 de abril, a la casona donde se atrincheraba el grueso de la tropa de los filibusteros. La conmemoración de esta fecha sigue siendo una de las principales fiestas nacionales, en la cual marchan los alumnos de todas las escuelas y liceos, por suerte no sólo al son de músicas militares, sino también de otros ritmos que recuerdan más al carnaval. La primera bandera, dice la tradición, fue cosida por la mismísima esposa del presidente, como una copia, modestamente doble, de la bandera francesa, si bien es cierto que recuerda más la holandesa, por tener las franjas en sentido horizontal. Pero es obvio que la alusión a la revolución francesa, y a la tricolor, está más densamente cargada de significado. Al contrario de las otras banderas centroamericanas, que sólo ostentan los colores azul y blanco, la costarricense tiene una doble franja roja en el centro. Ese color representaría, precisamente, la sangre del sacrificio del pueblo de Costa Rica para salvar a la nación amenazada, sacrificio que se encarna en la muerte del Erizo. Es también por esos años de finales del XIX que se compran estatuas en Francia y que, por ejemplo, la tranquila Plaza de la Estación (del ferrocarril al Atlántico) es ensanchada y se convierte en el Parque Nacional, que cobija el Monumento Nacional, una representación en bronze de la Campaña Nacional. Se construye igualmente el Teatro Nacional, una hermosa copia achicada de l’Opéra Comique de París. Se funda la Biblioteca Nacional y se llama a concurso para elaborar una nueva letra para el Himno Nacional. Al lado de estos símbolos muy concretos de la nueva “comunidad imaginada”, aparecen algunos otros que pronto adquirirán carácter de mito, siendo uno de los más importantes el del “labriego sencillo”, la figura del campesino que encarna a la nación: trabajador, profundamente democrático y amante de su libertad e independencia, pacífico y sumiso, pero que en caso de amenaza a la Patria no duda “… su tosca herramienta en arma trocar”, tal y como lo proclama la letra del nuevo himno nacional. Ese es el habitante del mítico “país vergel”, donde la democracia existió desde siempre y donde siempre hubo más maestros que soldados, o que policías, como se suele decir hoy, pues desde que se promulgó la actual Constitución en 1950, el ejército fue abolido definitivamente. Así, lo que aprendemos en la escuela, pasa a ser parte constitutiva de nuestra identidad nacional costarricense: Somos más civilizados, más democráticos, más cultos, más blanquitos, etc. etc., El término ausente de la comparación implícita lo constituyen, en primer lugar, los otros centroamericanos. Pues como bien sabido es, tanto una identidad personal como una identidad colectiva o nacional, se perfila más claramente en comparación o contraposición a la identidad del otro o de los otros. Pero justo es anotarlo: la temprana preocupación por una mejor formación de los habitantes parece sincera. Ya en 1867 el ministro del ramo escribía al Congreso:

 

Rubor causa confesarlo; pero a pesar de la falta de estadística, me atrevería a asegurar fundado en cálculos, que no hay un diez por ciento de la población que haya aprendido a leer y escribir correctamente… Con semejante lentitud y con una direccción tan extraviada imposible es aspirar a construir las instituciones republicanas. Tiempo es de salir de este estado de marasmo, y pensar seriamente en la regeneración del pueblo por medio de la instrucción. (J.Volio, citado por Ema Gamboa: Educación en una sociedad libre, 1976, p.80).

 

Las reformas más importantes, así como una mejor dotación presupuestaria para la educación, se llevarán a cabo en la década de 1880-90, bajo la función del ministro Mauro Fernández, quien, como nos lo recuerda Ema Gamboa, había viajado por Europa:

…visitando las escuelas de Suiza, Alemania y Francia… En la primera estudió la filosofía y fundamentos racionales de Pestalozzi. Pasa a Alemania y le sorprende el estado de las escuelas… se engolfa en el estudio y la reflexión y le sirven de base para sus trabajos las obras de Fichte…Se dirige a Francia y se encuentra con los grandes escritos de Gambetta reclamando para la república la escuela cívica y patriota (Ibidem  p.73-74)

 

Las reformas surtirán sin lugar a duda efecto: a lo largo del siglo siguiente, el analfabetismo retrocederá significativamente. Y si bien la escuela, en tanto que aparato ideológico del Estado, como le caracterizara Althusser, ha servido de medio de control para la preservación del status quo, en favor de la sempiterna clase dominante. Esa dominación suave siempre será si no deseable, sí preferible o por lo menos más soportable que ejercida a través de los aparatos policiales y militares del Estado. Además la labor de la escuela contiene en sí un importante germen de liberación. Por otra parte es justo recordar que muchos de los representantes del pensamiento crítico en el país han sido educadores, desde maestros de escuela primaria hasta profesores de escuela normal y de universidad.

 

La oligarquía cafetalera había comenzado, pues, a perder legitimidad política frente a las otras clases sociales, entre otras cosas, a causa de la creciente influencia del capital extranjero que controlaba el ferrocarril, el enclave bananero, las compañías eléctricas, la red de telégrafos, etc., etc. La oligarquía había hecho empréstitos en París y Londres para realizar la construcción de una vía férrea a un puerto del mar Caribe, lo que economizaría tiempo y dinero, al evitarse así el largo viaje del producto por el Pacífico, vía Valparaíso, y contorneando luego Tierra del Fuego para llegar finalmente a Liverpool, donde el café se comercializaba. Pero la falta de experiencia y la general ineptitud y hasta la corrupción de los responsables hicieron que el proyecto fracasara. Entonces apareció el contratista norteamericano Henry Meiggs Keith, que había participado en la difícil constucción de líneas férreas en el Perú, prometiendo refinanciar y llevar el proyecto a puerto seguro. Con mayor sentido de los negocios propuso no sólo terminar el ferrocarril, sino también aprocharlo mejor, organizando la producción de bananos para el mercado norteamericano, a lo largo de la vía férrea en las tierras bajas de la costa atlántica, que el gobierno le concedería como parte del contrato. Así hizo su aparición el enclave bananero, que pocos años después pasará a formar parte del poderoso imperio regional de la United Fruit Co.

 

El ferrocarril, símbolo de progreso y de erradicación de la barbarie, pasará pronto a formar parte del orgullo nacional, tal y como se puede leer en el relato Parajes, de Pío Víquez, uno de los más famosos periodistas de la época, donde con resonancias sexuales elogia uno de los puentes de la flamante vía férrea:

 

El puente de Birrís iba a presentarse: ese nuevo portento de la mécanica yankee iba a ofrecerse muy pronto a nuetros ojos. Mr. Keith tiene mucho motivo para estar orgulloso de haber sido quien levantó ese monumento de gloria para la virilidad de Costa Rica. Y no importa que ese hombre haya recibido el precio de su gran fatiga: la verdad es que no hay recompensa bastante para quien lleva su energía bienhechora más lejos de lo que todo un pueblo pudo esperar. (Citado por Flora Ovares et allii: La Casa Paterna, Escritura y nación en Costa Rica, 1993, p. 119)

 

El proyecto oligárquico-liberal de creación de la nación como comunidad imaginada estaba marcado por una doble contradicción. Por un lado la oligarquía cafetalera era una clase social subalterna en relación a las fuerzas internacionales que controlaban el mercado mundial del producto de exportación más importante, por no decir, el único, el café, ya que el otro rubro que comenzaba a pesar en las exportaciones del país, los bananos, jugaba un papel muchos menor, dado el hecho de que su producción se llevaba a cabo en un enclave dominado por el capital extranjero y más ligado a la economía norteamericana que a la costarricense. Por otro lado, a nivel interno, la oligarquía sólo estaba interesada en asugarse el apoyo de las clases dominadas, el campesinado y los nuevos sectores populares proletarizados, sin permitirles una verdadera participación en los beneficios económicos y en la vida política.

 

Aquella democracia que comenzaba a implantarse a finales del siglo XIX era una democracia muy reducida. Las formas de control establecidas por la clase hegemónica aparecen con suma evidencia si contemplamos el sistema de elecciones. El historiador J. R. Quesada anota, comentando el manual deInstrucción Cívica, redactado en 1898 por Ricardo Jiménez –quien más tarde será tres veces Presidente de la República, entre 1910 y 1936?, que “la soberanía se ejerce por el sufragio universal, derecho acordado a todo ciudadano”. Mas no todos los habitantes del país podían gozar del rango de ciudadanía. Según criterio expresado en el manual: “… el vulgo, la mayoría de la población, no tiene luces suficientes para discernir cuáles, entre los hombres públicos, son los que mejores garantías dan de manejar bien los intereses del país”. Otro de los grupos que queda igualmente excluido del cuerpo de electores es el de las mujeres. Según reza el manual, “… la mujer, por su organización cerebral, es un ser esencialmente sensible y apasionado y por lo mismo es incapaz de guiarse por la idea de justicia, que es la base del buen gobierno de los pueblos”. Por ello “el hogar doméstico y no la plaza pública es el lugar propio para el ejercicio de las actividades femeninas… [La mujer] no debe compartir con los hombres el poder público”, concluye perentoriamente Ricardo Jiménez. (Citado de Quesada Soto: Uno y los otros, p 25-26).

 

A esto hay que agregar que para ser elector y elegible se debía poseer además cierto capital, ser casado y mayor de 25 años, así como saber leer y escribir. Sólo esta última condición excluía del electorado, a finales del siglo XIX, a un 80% de la población que era analfabeta. Se trataba pues de un sufragio universal extremadamente reducido. Esto evidentemente, para la época, no era exclusivo de Costa Rica, justo es anotarlo.

 

Pocos años después del elogio de Pío Víquez al puente de Birrís y a Keith, su constructor, la literatura comienza a tematizar en cuentos, novelas y obras de teatro, así como en el ensayo, el malestar que la presencia y la influencia del capital extranjero y de sus representantes provoca en sectores de la clase dominante. Algunos ensayistas adscritos a la oligarquía cafetalera misma veían en la presencia extranjera, y el nuevo sistema de valores que había traído consigo, una seria amenaza a los valores tradicionales. Carlos Gagini, por ejemplo, formula ese malestar en uno de sus ensayos, que lleva el significativo título de Don Quijote se va:

 

Honradez, honor, equidad, patriotismo, compasión, abnegación y nobleza son palabras anticuadas o vacías de sentido en nuestra lengua… Los caballeros de antaño tenían un Dios y una dama; los mercaderes de hoy no tienen más dios que el dinero, más patria que el mostrador ni más dama que la bolsa… Mi reinado ya pasó, ahora comienza el de Sancho. (Citado de Quesada Soto: Uno y los otros, 48).

 

 

Un paréntesis progresista: la presidencia de González Flores

 

A raíz de la primera guerra mundial, el Estado costarricense se quedó prácticamnete desfinanciado y al borde de la bancarrota al cerrársele al café el mercado inglés. A mediados de 1913 se debían realizar elecciones legislativas y presidenciales según el tradicional sistema indirecto. En la contienda participaron tres candidatos. Empero ninguno logró asegurarse una mayoría absoluta de votos, razón por la cual se puso en marcha el característico sistema de acuerdos y componendas que terminaría llevando al poder a un joven político como candidato de transacción. Se trataba de Alfredo González Flores, un joven licenciado en derecho, de apenas 37 años. González Flores se revelará pronto como un estadista de talla y de visiones muy avanzadas para la época. Según palabras del historiador Rodríguez Vega, entre 1906 y 1914 el país había vivido el apogeo del liberalismo, siendo gobernado alternativamente por Cleto González Víquez y Ricardo Jiménez, dos brillantes políticos liberales de la llamada generación del 89. “Pero, de pronto, la Primera Guerra Mundial sacude nuestro enfoque aldeano de los problemas del país. Resulta que no basta con el respeto a la ley, la tolerancia y el amor a Costa Rica: hay que hacer frente a las situaciones con nuevos instrumentos, y, sobre todo, hay que poner cuidado a una creciente injusticia social.” (Rodríguez Vega: Los días de don Ricardo, 1978,p. 71).

Una de las primeras medidas del nuevo presidente fue la creación del Banco Internacional de Costa Rica. En el decreto correspondiente se estipula: “Los miembros de la Junta Directiva desempeñarán su cometido con absoluta independencia del Poder Ejecutivo, y serán por ello los únicos moralmente responsables de la Administarción del Banco. (…) Serán inamovibles, salvo el caso que llegare a ejercitarse contra ellos alguna responsabilidad legal. El Poder Ejecutivo no tendrá intervención alguna en la administración del Banco. La Secretaría de Hacienda se limitará a vigilar la marcha general del Establecimiento.” (Ibidem, p.72)

Las claras ideas políticas y económicas del nuevo presidente se revelan en su mensaje al Congreso Constitucional el 1º de mayo de 1915:

 

El Estado, en el sentido moderno de la dicción, no es ya el simple gendarme que dicta las leyes o reglamentos para las relaciones de convivencia entre los ciudadanos y que con mano armada obliga a cumplirlos. Si concretáramos la misión del estado a tan mezquino concepto, el resultado que sobrevendría sería una lucha de todos contra todos, obteniendo al cabo la victoria los más económicamnete fuertes y astutos sobre la gran mayoría de ciudadanos. Ello daría origen a una tiranía social y económica, mil veces más odiosa que los despotismos que consigna la historia. (Ibidem, p.72)

 

El Presidente tiene muy claro, y así lo dice a los diputados, que “… el dinero es el principio vital del organismo político. Quien controla las finanzas del Estado, tiene en sus manos el control de la política nacional.” Ni diputados ni ciudanos estaban acostumbrados a escuchar este lenguaje claro y esos lúcidos análisis de los males que aquejaban al país. Otra propuesa concreta de González Flores es la necesidad de introducir una tributación directa, pues los impuestos indirectos son injustos: “La forma más eficaz y justa de contribución es sin duda el impuesto directo sobre lo que cada uno gana, sea cualquiera la fuente de esa ganancia. No se puede negar que a medida que crece la ganancia o la entrada del individuo, crecen por regla general, sus exigencias a los servicios del Estado.” Su concepto de democracia es también sorprendentemente moderno y habrá dejado perplejos a los liberales de la época, acostumbrados ya a detentar el poder sin cuestionamientos.

Aboga claramente por una nueva organización del Estado y un desarrollo de la política y del país que de haber sido realizados habrían llevado el país hacia una avanzada democracia ecónomica:

 

Los conceptos de República y Democracia han sufrido un cambio de interpretación: la igualdad política, el sufragio universal, las garantías individuales, la alternabilidad en el poder, la responsabilidad del Gobierno, la libertad de comercio e industria y muchas y bellas conquistas más, no son el todo para asegurar el bienestar del pueblo. Al considerar el derecho político del ciudadano como el bien supremo, al creer que con el derecho del voto el Estado ha dado a sus ciudadanos todo lo que pueden exigirle, el creer que con sólo ello se les ha asegurado la verdadera igualdad, se ha desconocido enteramente la importancia, infinitamente superior para la vida de cada uno, de las diferencias sociales, de la distribución desigual de los bienes de la fortuna…. (Ibidem,  p.74)

 

La democracia tiene igualmente, en palabras de González Flores, una importante dimensión social, la cual determina el equilibrio justo de obligaciones y derechos entre los ciudadanos, según la capacidad de cada uno. Sus palabras anuncian ya casi los eslóganes socialdemócratas de la segunda mitad del siglo XX, en tiempos del Estado del bienestar: cada cual debe contribuir a la construcción y mantenimiento de la sociedad según sus capacidades y recibir según sus necesidades; los hombros más fuertes deben soportar las cargas más pesadas.

 

En teoría, la democracia, al creer que con la igualdad política da a todos unos mismos derechos, no puede imponer sino iguales obligaciones. El pudiente como el desheredado tienen el mismo voto; ambos tienen los mismos deberes. Pero así como el derecho político, igual en apariencia, resulta de valor más alto para el privilegiado en el sentido social y económico, así también el deber y las obligaciones para con el Estado y con la sociedad no pueden ser iguales absolutamente, sino que lo deben ser de modo relativo: más graves para los favorecidos, y en proporción con los recursos y las capacidades de cada cual. (Ibidem, p.75)

 

Unas ideas tan avanzadas, sobre todo en lo concerniente a las políticas económicas y a los aspectos de justicia social y económica, en el contexto institucional de un Estado todavía en gran medida oligárquico-patrimonial, es obvio que dificilmente podían fructificar. González Flores era el líder del Partido Republicano en la provincia de Heredia, pero eran dos expresidentes los que controlaban el partido a nivel nacional. En el fondo nunca dispuso de un apoyo claro de los diputados republicanos. En la votación decisiva sobre las leyes de tributación directa, algunos de ellos apoyaron los proyectos de ley, pero el jefe y caudillo del partido, el expresidente Máximo Fernández, vota en contra; sus palabras en aquella ocasión resumen claramenteel problema político en que se hallaba el presidente: “En cuestiones políticas, todos los republicanos somos como un solo hombre. En cuestiones económicas cada cual opina como le parezca.”

Además los dos grandes peródicos, La Información y La Prensa Libreestaban en contra de las ideas del joven presidente, pues representaban y defendían los intereses económicos y políticos de la oligarquía. A principios de 1917, cuando la campaña política para las nuevas elecciones apenas se iniciaba, el paréntesis progresista y visionario que el gobierno de González Flores representaba, acabó por medio de un golpe militar. El 27 de enero, Federico Tinoco, Ministro de Guerra tomó el poder. Al día siguiente La Informacióninforma alegremente que “el movimiento político de ayer ha tenido buena acogida”. Y en el editorial del 1º de enero se regocija constatando: “Dichoso país aquel en que las grandes crisis pasan de una manera tan serena, tan ordenada, tan tranquila…” Los grandes líderes políticos declaran prontamente su apoyo al nuevo gobierno de facto. Pero la dictadura será una catástrofe no sólo para el país como tal, sino también para las clases dominantes mismas que habían visto con beneplácito su llegada. La dictadura durará sin embargo dos años y medio.

El historiador Tomas Soley da el siguiente juicio perentorio de esa experiencia política: “Treinta meses de esa clase de finanzas -si tal nombre merecen las actividades de aquel Gobierno contra el Tesoro del Estado y contra la economía nacional- habrían de dejarnos sin circulación monetaria, con el fardo de una deuda injustificable, reatados por contratos onerosos y con el bochorno histórico de procedimientos administrativos reñidos no sólo con los sanos principios económicos y hacendarios sino también con los de la ética.” (citado de Rodríguez Vega, p. 93)

 

Sin embargo, un efecto colateral positivo de esa experiencia dictatorial es que esa será la última vez que las clases dominantes del país echaran mano de los militares para solucinar sus problemas políticos. Pero hay sobrada razón para deplorar el hecho de que no se aprovecharan las ideas visionarias de González Flores.

 

 

Los nuevos sectores sociales y el surgimiento del discurso dialógico

Con el desarrollo de las actividades económicas, centradas especialmente en la producción de café y bananos para el mercado mundial se da, por un lado un ensanchamiento de las funciones del Estado, y por otro, la aparición de nuevos sectores sociales. Una de las nuevas e importantes actividades del Estado se trasluce en la marcada preocupación por el mejoramiento de la educación. A ese efecto se funda la Escuela Normal en 1914, que vendría a paliar la falta de una institución de enseñanza superior en el país, ya que la vieja universidad decimonónica había sido clausurada en 1888, sobreviviendo apenas algunas escuelas profesionales como las escuelas de Derecho y de Odontología.

Este proceso de ampliación del sector público acarrea la aparición de nuevas capas medias. Aparece igualmente una emergente clase obrera, tanto agrícola como manufacturera o artesanal urbana. Este nuevo sector social es en gran medida el resultado de la proletarización de los antiguos pequeños campesinos propietarios que perdieron sus tierras, generalmente por deudas contraídas con la oligarquía que controlaba no sólo “el beneficio” del café –es decir la sencilla, pero lucrativa elaboración del grano para la exportación?, así como su comercialización, sino también, y esto es, sin duda, lo más importante, el crédito a nivel nacional. Otros miembros del nuevo proletariado eran los antiguos transportistas marginados por el ferrocarril, así como los artesanos arruinados por las actividades de importación, controladas ellas también por sectores de la oligarquía especializados, que poco a poco se irán convertiendo en una burguesía compradora. Estos nuevos sectores sociales generarán paulatinamente una conciencia de clase. De ellos dice el historiador V. H. Acuña:

 

“…esos grupos populares urbanos representaban distintas situaciones socioeconómicas en un abanico que iba desde el pequeño patrono hasta el asalariado… No obstante esa diversidad, fueron forjando una identidad común como si fueran una clase social: se autodenominaban ‘obreros’ o ‘proletariado’ y… descubrieron su identidad de clase en la práctica y en la confrontación con ese adversario que ellos denominaban claramente ‘capital’ o ‘burgués’… En fin, esa ‘plebe’ urbana terminó configurando su propia cultura y conciencia social, ocupando determinado lugar y cumpliendo determinadas funciones dentro del sistema hegemónico de la oligarquía cafetalera…” (Acuña 1986,: 11, citado de Quesada Soto:Uno y los otros, 74)

 

Un importante sector de las capas medias se solidariza con las clases proletarias y articulará pronto el cuestionamiento de la hegemonía oligárquica, implícito en la incipiente conciencia de clase de los sectores populares. Cuestionamiento que con el tiempo se expresará en la organización del movimiento obrero y en la fundación de partidos políticos de clase.

 

Mas volvamos al primer 1o. de mayo y a algunas de las ideas que se debatían entonces. La celebración fue organizada por la asociación, significativamente llamada Centro de Estudios Sociales Germinal, inspirada en el título de la novela de Zolá y fundada un año antes, en 1912, por un grupo de jóvenes de ideas socialistas y libertarias, entre los cuales figuraban Joaquín García Monge, Carmen Lyra, Rómulo Tovar, José María Zeledón y Omar Dengo, entre los más conocidos.

Este último recuerda en un artículo intitulado Mi anarquismo claudicante, publicado algunos años más tarde, las ideas que le animaban en su juventud, cuando el Centro Germinal fue fundado:

 

La simpatía con que se me honraba, no obstante ser escasa mi edad y excesiva mi ignorancia, me permitía ser oído por los trabajadores. (…)Toda mi juventud estaba, con su ardor de fuego, allí palpitante y bella.

Ella se expandía en una vasta ansiedad de luz, y su sed se llenó con el fulgor rojo de aquel fuerte pensamiento demoledor que agitaban los Bakounine, los Kropotkine, los Gorki, Luisa Michel y cien príncipes más de la Revolución Social. Era la hora del anarquismo en el mundo y las más fuertes juventudes empuñaban el pendón rojo. En el Continente, los Lugones y los Ingenieros, en La Montaña, nos habían dado con Ghiraldo y Angel Falcó, el ejemplo. ¿Qué hice yo allí? Leer, pensar, soñar, amar la justicia y la libertad; creer y, lo confieso, hasta blasfemar. En el fondo, buscar en mi conciencia, poblada de lampos rojos, al hombre que en mi pudiera servirle a su país, sencillamente, en el corazón de los humildes entre los cuales nací con el dolor con que tantos de ellos vienen al mundo. (Omar Dengo, Colección Quién fue y qué hizo, presentado por E. Gamboa, p. 197-8)

 

El discurso a los trabajadores fue pronunciado por José María Zeledón, el joven ácrata que, en 1903, una década antes, había ganado el concurso de la nueva letra del himno nacional, para pesar de muchos políticos oligarcas. Este disgusto se trasluce en el hecho de que, en contra de lo que estipulaban las reglas del concurso, según las cuales la letra ganadora sería declarada himno nacional, el decreto sólo se emitirá en 1949. (M. Amoretti: Debajo del canto, 1987, p. 17). En el discurso de Zeledón se respira cierto aire tolstoyano; pero el internacionalismo y la reivindicación social están muy claros.

La fecha de este día pone el encanto de una primavera en los corazones de los visionarios del bien. Los campos están florecidos. También las almas de los tributarios de la miseria sienten hoy el florecimiento de sus esperanzas. Allá en los centros de la vieja Europa, sobre los cuales zumba y pasa un viento de desastre, millones de hombres se alzarán hoy, como todos los años, del polvo de sus pesadumbres, para pasear al sol la majestad de sus anhelos. Es una hermosa fiesta del internacionalismo obrero que simpatiza con la vida solidaria de los trabajadores del mundo.(Victoria Garrón de Doria: José María Zeledón,Colección Quién fue y qué hizo, 1978, p. 36)

 

García Monge, por su parte, pronunció una larga, instructiva y pedagógica conferencia acerca de la historia del trabajo, su relación con la historia patria y la proyección internacional de la celebración del 1o.de mayo. Entre otras cosas dijo:

 

Esto de mirar con desdén el trabajo de las manos y a quienes honradamente de él viven, es un prejuicio de las gentes letradas, prejucio del cual no escaparon ni siquiera los contemporáneos de Sócrates. (…) El trabajo se ha hecho aborrecible desde que el capital lo esclavizó convirtiéndolo en objeto exclusivo de explotación. El día en que el trabajo rompa las cadenas del capital acaparador, codicioso y cruel, saldrá de su tristura y envilecimiento, para convertirse en la fecunda y alegre actividad que antes fue.

 

Más adelante relaciona el Día del Trabajo con la historia nacional y centroamericana:

 

Señores: Para el trabajador centroamericano el 1o. de mayo es doblemente significativo en lo que importa a su condición de hombre y artesano. En un día como éste, hace 56 años, el filibustero yanqui desistió de su primera tentativa de conquista armada del territorio que nuestros mayores nos heredaron. Y de entonces acá el 1o. de mayo destaca en el horizonte de nuestra historia como una estrella luminosa solitaria que advierte a las generaciones nuevas que la libertad tiene sus eclipses y hasta sus ocasos, que debemos estar alerta, porque detrás de los montes nativos aletea el águila de la rapiña extranjera y que si bien no llega al son de tambores y clarines, resplandece en el oro de las monedas y a paso lento se adueña de las conciencias de los políticos corrompidos, y legalmente, de nuestro territorio. (García Monge: A propósito del 1o. de mayo, Obras Escogidas, 243-45)

En las décadas siguientes los jóvenes del Centro Germinal continuarán siendo una de las fuerzas principales del pensamiento crítico en Costa Rica. Como se ha indicado más arriba, García Monge fue el fundador y produjo, prácticamente solo y durante cuatro décadas, su Repertorio Americano, un semanario de clara vocación continental, a través del cual ponía en contacto a laintelligentsia crítica de Costa Rica con el resto de América Latina y aún más allá. Carmen Lyra, maestra, narradora, ensayista y polemista, convirtió su casa en un centro de encuentros y en un hervidero de ideas. Juntos fundaron La Universidad Obrera, y en los años 20 y 30 fueron igualmente fundadores, miembros o simpatizantes de partidos políticos doctrinarios como el Partido Reformista, La Alianza de Obreros Campesinos e Intelectuales y, finalmente en 1931, del Partido Comunista de Costa Rica. Frente a las críticas de políticos y pensadores de la oligarquía acerca de las ideas exóticas y extrañas a Costa Rica que representaba la ideología de este último partido, Carmen Lyra contestó:

 

Mientras yo estuve pegando piadosos remienditos sociales en la escuela y escribiendo prosa romántica con metáforas inofensivas para la injusticia que me rodeaba, tuve fama de ser excelente persona de buen corazón y una “fina” escritora. Pero cuando me di cuenta que había que hacer algo más que remiendos sin trascendencia, que había que luchar directamente contra el régimen capitalista, causa de la situación económica y social dentro de la que vivía, que había que escribir contra intereses creados y me metí de lleno en el Comunismo que ataca el origen del mal, entonces la gente cambió de opinión con respecto a mí: ahora dicen que estoy loca, que tengo envidia del bien ajeno, que ya no escribo como antes, que he decaído en el arte de la liteartura. Y cuando el gobierno me echó de la escuela por comunista, felicitaron al ministro de Educación Teodoro Picado por ese paso, porque consideraban mi influencia peligrosa en los niños. (Lyra: “¿Es el comunismo una doctrina exótica en Costa Rica?” anexo a Relatos escogidos, 1977, p.475).

 

 

Escuela y democracia

Los representantes del pensamiento crítico saben valorar los logros a los que los idéologos y políticos de la oligarquía habían llegado en el terreno de la educación. Pero en sus escritos es fácil descubrir una actitud crítica frente a la limitación de esos progresos y la necesidad de hacerlos extensivos a sectores mayores de la población. Así, García Monge que había sido enviado a formarse en el Instituto Pedagógico de Chile a principios de siglo, al evaluar la obra de Mauro Fernández no escatima la valoración positiva, pero tampoco le tiembla el pulso para anotar los aspectos negativos de su labor: “Antes de ser ministro: (…) En el Instituto (Universitario) dio conferencias sobre educación moral y cívica. Algo oportuno, porque nuestro pueblo salía entonces de la postración en que le sumió la dictadura de Guardia. En esas conferencias, ya pedía que los maestros fueran los agentes de la democracia. En el Ministerio de Instrucción Pública, estos dos rasgos típicos de don Mauro: su entusiasmo por la causa de la educación popular y su laboriosidad. Su gestión ministerial: sacar la enseñanza de la rutina, de la trilla memorizante en que vivía. Consecuencias: Estableció la Escuela Normal. Importó para eso profesores extranjeros. Reformó la legislación escolar de Costa Rica sobre la base de la de Argentina, de los códigos de Sarmiento.” (García Monge: Obras Escogidas, p.123)

Después de ensalzar muchos otros logros, tales como la organización de las bibliotecas pedagógicas, un almacén escolar, la redacción de los programas que llevó a cabo personalmente, la fundación de la revista El Maestro, y un sinfín de iniciativas más, recuerda que a Mauro Fernández se le acusa de haber centralizado la enseñanza y dado muerte a la universidad. Cuando el centralismo del ministro hizo que se fundara la Escuela Nueva, la primera en introducir en el plan de estudios el canto, la gimnasia y el dibujo, Fernández se negó a subvencionarla, a sabiendas de que su fundador, Miguel Obregón, no sólo ponía la casa y pagaba todos los gastos y que además financiaba el salario del otro maestro. Más tarde cedió y pagó un peso por alumno, 60 en total. Su generosidad caballeresca le lleva sin embrago a terminar sobre una nota positiva: “Sin embargo don Mauro llevó a que visitaran la Escuela Nueva a los profesores que había traído del exterior para la Normal.” (Ibidem, p.127-8)

Roberto Brenes Mesén, que fue otro de los grandes educadores del país y también director de la Normal, luchó incansablemente por la escuela. A raíz de una polémica, en la cual algunos políticos propusieron cerrar escuelas para construir caminos con los medios economizados, su pluma se enciende de viva indignación: “Nos refieren que en el Congreso, o en algún otro lugar, se ha declarado que hay opiniones capaces de aconsejar la clausura, por algún tiempo, de colegios y escuelas, a cambio de dedicar el dinero nacional que consumen, a construir y reconstruir caminos.” (Ema Gamboa: Omar Dengo, Colección Quién fue y qué hizo, 1971, p. 117)  Y con idealismo de maestro, alega en varios artículos:

Razones de economía, nada justifican. Economizar en escuelas es economizar en civilización, y ningún pueblo de la tierra tiene derecho a hacerlo. Gastar pródigamente en educación, no es una cuestión de finanzas, sino una cuestión de honor, de decoro nacional. ¿Se quieren, por ejemplo, buenos caminos?, pues hay que abrir caminos de luz en el alma popular para que circulen por ellos la iniciativa y el desinterés, y entonces los caminos invisibles se plasmarán en la tierra ávidos de encauzar energías. (…) Si existiera el fracaso de la escuela costarricense, no sería el fracaso de un grupo de hombres, blanco o negro, ni el de un sistema de ideas, viejo o nuevo, sino el fracaso de la cultura del país (Ibidem, p. 172 – 3)

 

La acalorada diatriba contra la inconcebible idea de clausurar escuelas desemboca más bien en una primera formulación para la fundación de escuelas vocacionales para artesanos: “El estado social obrero en nuestro país reclama de manera urgente la creación de un centro educativo, que venga a concentrar las actividades intelectuales de los artesanos, sobre una base científicamente sistematizada, en lo que se refiere al aprendizaje de los oficios con que ellos aspiran a engrandecer su vida y la vida nacional.” (Ibidem, p. 175)

 

Conocía de cerca la situación de los campesinos, pues en abril de 1918, al renunciar a su cargo de profesor en la Escuela Normal, junto con la mayoría de sus colegas, como protesta por la distitución del director Joaquín García Monge por parte de la dictadura de Tinoco, había aceptado un trabajo de maestro en una hacienda para poder mantener a su familia. A este respecto escribió:

La situación de los campesinos plantea al país el mayor problema. Ignorarlos es ignorarnos., ignorar la historia, desconocer la actual situación y carecer de un presentimiento siquiera elemental acerca del porvenir del país. Y esta ignorancia acarrea incapacidad de adiestramiento para el progreso, vale decir, incapacidad de educación y, por lo mismo, de autonomía. (…) …en una tarea de reconstrucción, lo primero sería rectificar la escuela rural, para sustituir las instituciones simuladas con que hemos venido engañándonos. Omar Dengo: Escritos y discursos, citado de Gamboa, Ema: Educación en una sociedad libre, 1976, p. 116)

 

Antiimperialismo

 

Mas la trayectoria del pensamiento crítico no es siempre unívoca. En el mismo autor se pueden rastrear, por ejemplo, posiciones que por un lado recuerdan la actitud de positiva admiración frente a la modernidad nortemaericana, típica de un Sarmiento, y por otro lado, posiciones más cercanas al arielismo de un Rodó, o a las ideas de José Martí. Tal es el caso de Mario Sancho, quien en una polémica en el Repertorio Americano, escribía desde Boston:

 

Muy interesante me parece también lo que Ud. dice de la pasión del americano por los negocios, que allí se achaca siempre a la insaciable codicia de dinero. El europeo, formado en una vieja tradición de cultura que lo capacita para el disfrute del ocio noble que dijo Rodó, y al latino-americano, que sigue en esto y en muchas otras cosas servilmente la ideología del europeo, se les hace difícil entender el afán perenne en que vive esa gente. Las tonterías que se han escrito sobre el avarismo yanqui serían bastantes para llenar muchos volúmenes, pero ya no contentan más que a los espíritus superficiales o dominados de odios o prejuicios de raza. (A propósito de la civilización maquinística, publicado en Epertorio Americano en julio de 1929citado aquí de Luis Ferrero: Ensayistas costarricenses,1972, p.190)

 

Su admiración por los inventos de la técnica moderna no conoce límites. En un artículo sobre Henry Ford, sus fábricas y su filantropía escribe Mario Sancho:

La fábrica de este magnate del automovilismo en Detroit es una de las siete maravillas comtemporáneas y representa uno de los más grandes esfuerzos de la energía disciplinada. Ella contiene muelles, altos hornos, ferrocarriles, forjas de acero, y todo lo que hace falta para realizar el milagro de convertir en carros el mineral bruto en el espacio de 33 horas, 8.750 al día, 6 cada minuto!

 

Y después de un cursillo abreviado sobre el sistema inventado por Henry Ford y su funcionamiento, concluye perentoriamente:

Los intelectuales de este nuestro siglo tendrán que aceptar la civilización técnica igual que los del siglo XIX los ferrocarriles, y reconocer con el italiano Giovannetti que cité antes “que en ella triunfa, no la brutalidad de la materia, como creen los superficiales, sino la intelectualidad sostenida por el espíritu, una intelectualidad acre, heroica.” (Mario Sancho: Viajes y lecturas 1972, p. 105)

 

Estos artículos son anteriores a la crisis del 29. En 1931 Sancho abandona Estados Unidos, donde ha vivido varios años y después de pasar por México, publica en el Repertorio un artículo titulado Los millonarios y la crisis (Epílogo a una vieja controversia):

Esta pena agravó la que sentíamos de dejar Boston. A Boston debo yo además las mayores alegrías de mi vida y placeres de orden intelectual difíciles de olvidar …

Y si grande fue el deslumbramiento de los ojos, no lo fue menos el del espíritu que después de vivir tanto tiempo en tierra extraña sentíase reintegrado a la tardición propia y como acogido a la casa de sus mayores, que no otra cosa es para nosotros, los hispanoamericanos, la cultura mexicana …

Y qué decir del gusto de volver a ver las artes y los oficios que uno creía perdidos para siempre, de disfrutar de nuevo de las cosas hechas a mano, a fuerza de paciencia y amor a la obra perfecta: las tallas de piedra y madera, la cerámica que revive en nuestros días las glorias de Talavera, las lacas de Michoacán que recuerdan las maravillas japonesas, los sarapes fabricados por el indio de la cálida Oaxaca en su pequeño telar, con tanto sentido del color y del dibujo, y los preciosos cestos que el otro indio de la frígida Toluca hace del tul de las lagunas!

 

Y termina su artículo con una diatriba contra los magnates de la industria norte-americana que en los momentos difíciles de la gran crisis han abandonado cobardemente a sus obreros:

A mí ciertamente se me antojaban menos tristes los poblachos indígenas y los obradores urbanos de México que las fábricas desiertas de los Estados Unidos. Sentía lástima por las multitudes trabajadoras del gran país vecino, lástima recordando la ramplona satisfacción de su pasada grandeza y las angustias de su presente estado de miseria, lástima por ellas y odio por los patrones egoístas que las habían echado a la calle, al hambre y a la desesperación; sí, odio por aquellos líderes de la industria que después de jactarse tanto de haber elevado el standard de la vida del obrero lo abandonaron a su suerte a la hora del peligro, imaginándose a cubierto de toda responsabilidad y en paz con la conciencia con ofrecerle un plato de sopa como se ofrecía antes a los mendigos a la puerta de los conventos medioevales. (Ibidem, p. 180)

 

Estas ideas de Mario Sancho quizá parezcan a primera vista un posición sinuosa o insegura frente al capitalismo y el imperialismo, pero podrían ser entendidas también como expresión de un pensamiento antidogmático, capaz de juzgar sin pre-juicios los avatares del desarrollo de la sociedad norteamericana. Este aspecto de moderación en Mario Sancho me parece ser igualmente una característica bastante general del pensamiento crítico costarricense. Esta es la actitud en García Monge: firme y consecuente en sus principios, pero capaz de una alto grado de tolerancia con respecto a las ideas de sus contrincantes y críticos. Para nmuestra basten un par de ejemplos sacados de su correspondencia: Carta a Waldo Frank, 30 de marzo de 1928:

También como americano del Sur me reconfortan mucho sus palabras. Para nosotros es una gran cosa que Ud. nos ayude a combatir el imperialismo financiero de Wall Steet. La intervención de los Estados Unidos en Nicaragua es algo cruel, horrible, injusto y muy deshonroso para su América. En Nicaragua hay hombres honrados con quienes podrían entenderse muy bien los Estados Unidos sin recurrir a las armas ni a la desigual y deshonrosa contienda en que ahora están metidos. El asunto de Nicaragua puede convertirse para los estados Unidos en un nuevo Sarajevo. Crece de día en día la animadversión a los yankis y si la intervención americana en Nicaragua no cesa, pronto vamos a tener a los Estados Unidos en guerra abierta con los estudiantes y los obreros de la América Latina. (Cartas selectas de Joaquín García Monge, p.61-62)

 

En una carta de 27 de octubre de 1933, a Mrs. G. A. Dalrymple, de New Jersey, que ha decidido anular la suscripción al Repertorio Americano, a causa del antiimperilaismo que en su opinión se respira en él, García Monge le explica detenidamente las razones y los matices de sus posiciones políticas y la firme decisión de continuar en esa línea, aunque tal actitud le cueste suscripciones, que buena falta le hacían pues jamás recibió apoyo económico oficial alguno:

 

Siento mucho que no quiera seguir más como suscritora al Repertorio Americano. Nos interesa a los americanos del sur explicar con claridad cómo vemos y sentimos las cosas desde fuera en lo que se relaciona con el imperialismo económico,  y a ratos político, de los Estados Unidos. Es claro, hay que decir las cosas con franqueza, sin miedo y a veces resultan duras. Nosotros no somos enemigos oficiosos de los Estados Unidos, no podríamos serlo de una nación de tan considerable importancia y valer en el mundo. Desconocer esto sería rídiculo e insensato. Desgraciadamente los Estados Unidos, como todas las naciones grandes y fuertes, tiene un grupo de banqueros y mercaderes codiciosos y rapaces y sin escrúpulos que no les importa esclavizar a los demás pueblos débiles con tal de que su banca y sus industrias prosperen.  Para ello conquistan, colonizan, esclavizan, hacen guerras y son crueles. Nosotros queremos a los Estados Unidos en lo que tienen de bueno y de ejemplar. Los condenamos sin miedo en lo que tienen de imperialistas y de malo. Ellos han contribuido, sus políticos al servicio de sus mercaderes rapaces, a la desgracia de Cuba, a la de Venezuela, a la de Haití, a la de Bolivia, etc. Donde han necesitado mantener tiranías e iniquidades que favorezcan sus negocios las han mantenido. Por eso los Estados Unidos con su fuerza se hacen detestables. A estos Estados Unidos imperialistas y crueles es a los que el Repertorio Americano ha combatido y seguirá combatiendo. (Ibidem, p. 99-100)

 

El marco que imponen las reglas de juego de los congresos sólo permite esbozar el perfil de una problemática. El caso de la aparición y desarrollo del pensamiento crítico en Costa Rica, someramente presentado en esta ponencia, evidentemente no se diferencia radicalmente de lo que ocurrió en otros países de nuestra América. Se trata de un pensamiento más utópico que revolucionario, más pacífico y tranquilo que instigador a la violencia. Trata de articular un discurso que da voz a los que el discurso monológico de las clases dominantes siempre se la había negado. Se hace presente no sólo en la literatura y el debate de ideas, sino también en la organización del movimiento obrero, en las luchas por la justicia social y económica, por la jornada de ocho horas, las garantías laborales y la legislación social y en la fundación y organización de partidos políticos de izquierda. Llama la atención la actualidad y calidez de muchas de las ideas expresadas por los intelectuales críticos que escribieron en las primeras décadas del siglo pasado. Esto se debe quizás al triste hecho de que las condiciones y problemas, contra los cuales reccionaron, siguen desgraciadamente sin haber sido definitivamente resueltos. Ojalá que los herederos de aquellos intelectuales críticos fuéramos igualmente visionarios y valientes.

 

 

Bibliografía

 

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