REVISTA MULHERES E LITERATURA95Revista Mulheres e Literatura - vol.1 - 1997



El Nuevo Milenio y la Recontrucción del Canon en la Literatura Latinoamericana de Mujeres





Resumo:
A história das mentalidades tem servido para abalar os sistemas hegemônicos, com forte base no patriarcalismo, na lógica aristotélica e cartesiana e com desdobramentos na mímese realista na literatura, criando a possibilidade de se rever os canones literários. No novo milênio seria possível levar em conta o privado (sistema de valores), o doméstico, o imaginário, que ocorrem na literatura de autoria feminina, em lugar do público (luta de classes, hierarquias e valores externos), que caracterizam em geral a de autoria masculina. Através de exemplos na história literária de mulheres, como de Sor Juana Inés de la Cruz, Madre Castillo, la Avellaneda, Victoria Ocampo, Maria Firmina dos Reis, e, no século XX, Teresa de la Parra, Victoria e Silvina Ocampo, Isabel Allende, Ligia Fagundes Teles, Luisa Valenzuela, Alejandra Pizarnik, Ana Cristina Cesar, Elizabeth Veiga, Marcia Denser, vê-se o delineamento de uma literatura de emoção, de mergulho subjetivo no imaginário, em oposição a uma literatura basicamente realista e de ação, como se observa em certa literatura masculina atual, no Brasil. A partir dos conceito de revolução da linguagem poética (Kristeva) e de polissemia e diferência (Derrida), seria possível reescrever o canone literário incorporando essa literatura de autoria feminina.

Texto:

El Nuevo Milenio y la Recontrucción del Canon en la Literatura Latinoamericana de Mujeres

Luiza Lobo
Universidad Federal de Rio de Janeiro 

Texto exposto durante o 49º Congreso Internacional de Americanistas, Quito, Ecuador, del 7 al 11 julio 1997, na Pontifícia Universidade Católica (PUCE).

La Nueva Historia, desarrollada por Braudel, Le Goff, Peter Burke y otros, tiene como meta la creación de nuevos paradigmas para juzgar la realidad: en lugar de consagrarse a la tradición de los sistemas hegemónicos, tiene como objetivo contemplar nuevos factores relevantes para la comprensión de la realidad. Entre éstos, la introducción de la historia de lo cotidiano y de las mentalidades como forma de comprobar un cuadro sobre el contexto contemporâneo moderno. Desde esta perspectiva se valorizan actividades que, a pesar de seren naderías, ligadas a la sobrevivencia y a las actividades cotidianas tienen, mientras tanto, inclusas en sí una relación de poder. En otras palabras: se cambia lo público (estamentos, lucha de clases, jerarquías y otros valores externos de la sociedad) por lo privado (sistema de valores, implicaciones de lo imaginario, organización doméstica y de la vida familiar).

Es obvio que estas dos estructuras se entrecruzan; mientras es más evidente, a través de los estudios sociológicos tradicionales, que la esfera de lo público obedece a la lucha de clases y a una jerarquía del poder rígida ligada a las esferas del trabajo, tal hecho no se tornaba hasta ahora manifiesto con respecto a la esfera privada. Había una cierta invisibilidad con respecto a la importancia o a la pertinencia de las actividades del ámbito doméstico o privado en la totalidad de la esfera vital.

Y mientras tanto, con la expansión de las actividades de la mujer fuera del círculo doméstico, ocurrido en la década de 1970 como fenómeno casi mundial, ¿no es precisamente la mujer quien mejor transita entre estas dos esferas, la interna y la externa?

Por lo tanto, ¿no podría deducirse la existencia de un “dialogismo”, de una interrelación de discursos y de universos conceptuales entre el yo y el mundo exterior?

Podríamos, por otro lado, recapitular la historia de la mujer desde el inicio de la era moderna, en el período medieval, renacentista y barroco, y ver desde este pasado más remoto el germen de una verdadera revolución en esa forma de valorar los usos y costumbres como comprobación de la cultura historica y sociológica.

La realidad y lo imaginario, lo real y lo simbólico, lo externo y lo interno se tornan dicotomías rebasadas cuando se observa la actuación existencial y el quehacer de la escritura en las autoras contemporáneas.

En este trabajo, nuestra intención es la de señalar la imagologia que caracteriza el desarrollo de este pensamiento no dicotómico, postcartesiano, que hace posible el convivio entre realidades dispares, que es el signo que caracteriza la escritura de autoría femenina. Más allá del principio aristotélico del tercero excluído que afirma que dos términos idénticos entre sí son diferentes de un tercero, las mujeres en general, y las escritoras en particular, aprendieron, en su práctica existencial, a combinar la política de la esfera pública con el interés doméstico de la esfera privada, la visión de las grandes estructuras sociales con la percepción minuciosa de lo pequeño, del pormenor. Es, como lo muestra Lyotard, una práctica que supera las dicotomías metafísicas.1 La escritora conforma un proceso de escritura que hace de la “…propia casa un pequeño fragmento en un escenario cada vez más amplio, y el cuerpo, la casa y la ciudad se tornan significantes dentro de una interminable cadena de nuevos significados.”2

Si, por un lado, Jean Baudrillard imagina “…una teoría semántica que trataría los signos a partir de su atracción seductora y no en su contraste y su oposición”3, Luce Irigaray propone, en “Comment devenir des femmes civiles?”4 una dialéctica triple: una visando para el sujeto masculino, otra para el sujeto femenino y una tercera para sus relaciones en parejas o en comunidad.

¿Qué es lo que caracterizaría, por lo tanto, el rasgo común de este movimiento femenino de la esclavitud antropológica hasta la iluminación del día -para usar la alegoria de la caverna rumbo a la alethéia (verdad) en el diálogo platónico?

Bajo este punto de vista, la escritura realista, en el caso de las escritoras, comenzó como imitación, igualándose al lenguaje masculino patriarcal vigente. Es el caso de Júlia Lopes de Almeida (Rio de Janeiro, 1862-1934), cuyo estilo poco se distinguía del masculino, tan parecido al de Coelho Neto, Machado de Assis, y tantos otros escritores de renombre.5 Es la etapa que Elaine Showalter denominó de “fase femenina”, correspondiente al surgimiento del pseudónimo masculino de la década de 1840 hasta la muerte de George Eliot, en 1880, de la literatura en lengua inglesa.6

En palabras de Julia Kristeva, la “revolución del lenguaje poético” se dio, en el caso de las escritoras, no sólo a partir de la abolición de la literatura regionalista, que se apoyaba en un realismo ingenuo, como uno de los principales fenómenos del movimiento conocido como postmoderno, sino también en la incorporación de un lenguaje poético (poético aquí empleado lato sensu, como la producción textual). Esta conciencia poética se apoya en la ambigüedad lingüística del signo, dividido en conciente e inconciente.

Tal conciencia de la inadecuación de lo real para expresar el mundo particularmente escindido por parte de las mujeres, por viveren en un universo particular, cerrado, las hizo adecuarse, a partir de las décadas de 1960-70, cuando ingresaron masivamente en el mercado de trabajo, a estos dos mundos, el interior y el exterior, tornando su vida diaria también una práctica política de conquista de espacios y autonomía, a través de la educación universitaria, del trabajo profesional, de la posesión de cargos destacados, etc. Habituadas a lidar con la ambigüedad del signo en todas sus dimensiones, las escritoras dominan la liberación de su habla y superan las dicotomías metafísicas presentes en nuestro universo logocéntrico, desde la lógica aristotélica al establecimiento de las verdades cartesianas. Es el mundo del “Siento, luego existo”, adecuándose, como vimos, a la ambigüedad del pharmakón, de la polisemia y de la diferencia.7

Podríamos datar el surgimiento de este lenguaje poético en la primera poeta importante de Hispanoamérica, en el Barroco, Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695).8En su obra podemos apreciar la transición de lo profano a lo sagrado. En sus comienzos, durante la adolescencia, son poemas escritos al amado; posteriormente, cuando se da cuenta de que no podrá hacer un casamiento digno, pues es hija ilegítima de un hidalgo con una mujer de origen indígena, siendo ya monja dominicana, escribe poemas dedicados a la Marquesa de la Laguna, esposa del Vice-Gobernador, mismo que incluso fueron acusados de homosexualismo. Paralelamente, escribió poemas religiosos bajo la influencia del barroco. Ya en su madurez escribió obras de teatro, entre las que destaca “Los empeños de una casa”, mismas que fueron condenadas por el Obispo de Puebla. Esta condenación, que se refleja en la “Carta atenagórica”, corresponde a lo expuesto en las tablas de la Ley de Moisés, escritas a fuego en madera, y que son el modelo del patriarcalismo triunfante. Apremiada por el Obispo a abandonar sus poemas y su estilo de vida (poseía 4.000 volúmenes, lo que constituía la más grande biblioteca existente en el México de su tiempo), Sor Juana buscó el suicidio exponiéndose a la peste que asolaba la Ciudad al salvar a las otras hermanas de su convento, ocasión en que escribió con su propia sangre, en la palma de su mano: “Yo soy la peor mujer del mundo.”9

Pero lo que aquí nos interesa no es la historia lastimosa de la mujer sufrida, la mater dolorosa obligada a exilarse en una celda de convento, como es el caso de la Madre Castillo (1671-1742), en Colombia, perseguida por las hermanas porque sabía leer y escribir y que llegó a ocupar altos cargos dentro de su orden. Sus “Afectos sentimentales” -libro de visiones semejantes a los poemas de Santa Teresa D’Ávila-, fue publicado tardíamente como Sentimentos espirituales (1843, v. 1, e 1845-46, v. 2). Es el espejo del marianismo del período vigente hasta hace poco tiempo, y sustenta el mito de la mujer virgen, madre, hermana y hija de Jesús, pura, inmaculada y al mismo tiempo procreadora: toten y tabú sin i



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