ESCRITORES



Dona Flor e seus dois maridos





Autor: Jorge Amado
Título: Dona Flor e seus dois maridos, Doña Flor y sus dos maridos
Idiomas: port, esp
Tradutor: Lorenzo Varela(esp)
Data: 28/12/2004

DOÑA FLOR Y SUS DOS MARIDOS: EDIFICANTE HISTORIA DE AMOR

1


Jorge Amado

Vadinho, el primer marido de doña Flor, murió un domingo de carnaval por la mañana, disfrazado de bahiana, cuando sambava en un grupo y en medio de la mayor animación, en el Largo 2 de Julio, no muy lejos de su casa. No formaba parte de la agrupación; acababa de mezclarse con ella junto con otros cuatro amigos, todos con vestidos de bahiana, viniendo de un bar de la calle Cabeça, en el que el whisky había corrido con abundancia a costa de un tal Moysés Alves, hacendado del cacao, rico y perdulario.
La comparsa tenía una pequeña y afinada orquestra de guitarras y flautas; tocaba el guitarrillo Carlinhos Mascarenhas, un flacucho celebrado en las “garçonnières”, ¡ah! un tocador divino. Los muchachos iban vestidos de gitanos y las chicas de campesinas húngaras o rumanas; jamás, sin embargo, hubo húngara o rumana –o incluso búlgara o eslovaca– que se cimbreara como se cimbreaban ellas, mestizas en la flor de la edad y de la seducción.
Vadinho, el más animado de todos, al ver aparecer el conjunto en la esquina y oír el punteo del esque1ético Mascarenhas en el sublime guitarrillo, se adelantó con rapidez, situóse junto a una rumana repintada, grandota, monumental como una iglesia- que podía ser la de San Francisco, pues la cubría un derroche de lentejuelas doradas–, y anunció:
–Aquí estoy yo, mi rusa del Tororó…
El “gitano” Mascarenhas, que también iba cubierto de abalorios y canutillos y con festivas argollas colgando de las orejas, le exigió al guitarrillo; gimieron las flautas y las guitarras y Vadinho se lanzó a sambar con el ejemplar entusiasmo característico de todo cuanto hacía, si se exceptúa el trabajo. Remolineando en medio de la murga, zapateaba frente a la mulata, avanzando hacia ella con floreos y ombligazos, cuando, de repente, soltó una especie de ronquido apagado, le vacilaron las piernas, se inclinó hacia un lado y rodó por el suelo echando una baba amarilla por la boca, sin que la mueca de la muerte consiguiese apagar del todo la alegre sonrisa del juerguista impenitente que había sido.
Los amigos no lo atribuyeron a los whiskys del hacendado sino a la cachaça: no hubieran bastado aquellas cuatro o cinco dosis para terminar con un bebedor de la clase de Vadinho. Pero pudo ser, sí, toda la cachaça acumulada desde el mediodía anterior, cuando inauguraron oficialmente el carnaval en el Bar Triunfo, en la Plaza Municipal, que seguramente se le había subido toda junta, de golpe, haciéndolo caer en un profundo sopor. Mas la profesional, estaba familiarizada con la muerte, la frecuentaba diariamente en el hospital. Claro que no con tanta intimidad como en este caso, en que le había dirigido ombligazos, hecho guiños y sambado con ella. Se inclinó sobre Vadinho, le puso una mano en el cuello y se estremeció, sintiendo escalofríos en el vientre y en la espina dorsal:
-¡Está muerto, Dios mío!
También tocaron otros el cuerpo del mozo, alzaron su cabeza de larga cabellera rubia, y buscaron los latidos de su corazón. Nada consiguieron, era inútil. Vadinho desertó para siempre del carnaval de Bahia.

2

Grande fue el alboroto en la comparsa y en la calle, así como el revuelo producido en los alrededores. Un “Dios nos salve” sacudió a los enmascarados. Y encima de todo la escandalosa Anete, una maestrita romántica e histérica, aprovechó tan inmejorable ocasión para tener un soponcio, entre agudos chillidos y amagos de desmayo: toda una escena en honor de Carlinhos Mascareñas, por quien suspiraba esa melindrosa propensa al patatús, que decía ser ultrasensible y se erizaba como una gata cuando él pulsaba el guitarrillo. El instrumento colgaba ahora de las manos del artista, silencioso e inútil, como si Vadinho se hubiera, llevado consigo al otro mundo sus últimos acordes.
De todas partes acudía la gente corriendo, pues la noticia circuló rápidamente por las inmediaciones, llegando a San Pedro, a la Avenida Sete, al Campo Grande, y arreando curiosos. En torno al cadáver acabó por juntarse una pequeña multitud, que se codeaba y hacía comentarios. Llamaron a un médico residente del Sodré mientras un policía de tránsito hacia sonar el silbato sin cesar como para anunciar a la ciudad entera, a todo en Carnaval, el fin de Vadinho.
“¡Pero si es Vadinho, el pobre!”, constató un enmascarado, que llevaba una media como antifaz, perdiendo su animación. Todos reconocieron al muerto, pues su figura era muy popular, con su estallante alegría, su bigotito recortado, su pícara altivez. Sobre todo era bien visto en los lugares donde se bebía, jugaba y farreaba. Y allí, tan cerca de su casa, no había quien no lo conociese.
Otro disfrazado, vestido con una bolsa y cubierto con una cabezota de osos, atravesó el compacto grupo, consiguiendo acercarse y ver al muerto. Entonces se quitó la máscara, dejando a la vista una cara llena de aflicción, de bigotes caídos y cabeza calva, y murmurando:
–Vadinho, hermanito, ¿qué te hicieron?
“¿Qué le pasó? ¿De qué murió”, se preguntaban unos a otros, y alguien respondió: “Fue la cachaça”. Explicación demasiado fácil para muerte tan inesperada. También se detuvo ante el difunto una vieja encorvada, que echó una mirada y reflexionó:
-¡Tan mozo todavía! ¿Por qué se ha de morir tan joven?
Se cruzaban las preguntas y las respuestas, mientras el médico ponía el oído sobre el pecho de Vadinho, para realizar la comprobación final e inútil.
“Estaba sambando muy entusiasmado cuando sin más se cayó de costado, con la muerte adentro”, explicaba uno de los amigos, ya totalmente curado de la cachaça, súbitamente sobrio y conmovido, un tanto ridículo con sus ropas femeninas de bahiana, con las mejillas pintadas de rojo y profundas ojeras negras trazadas con un corcho quemado.
El hecho de estar disfrazados de bahiana no debe dar lugar a maliciosos pensamientos en torno a los cinco mozos, todos ellos de reconocida virilidad. Se habían disfrazado así sólo para divertirse más, por amor a la farsa y por picardía, no por afeminados o por inclinación a presuntas exquisiteces. No había maricas entre ellos, ¡alabado sea Dios! Vadinho incluso se había atado bajo la blanca enagua almidonada una enorme raíz de mandioca y a cada paso levantaba las faldas y exhibía el descomunal y pornográfico trofeo, que obligaba a las mujeres a taparse con las manos la cara sonriente, con fingida vergüenza. Ahora la raíz pendía del muslo descubierto, pero ya no hacía reír a nadie. Uno de los amigos se acercó y la desató de la cintura de Vadinho. Pero ni aún así adquirió el difunto un aspecto púdico y decente: era un muerto de carnaval, ni siquiera mostraba sangre de bala o de puñalada corriéndole por el pecho, que pudiera rescatarlo de su condición de mascarita.
Doña Flor, precedida, claro está, de doña Norma, que daba órdenes y le abría paso, llegó casi al mismo tiempo que la policía. Cuando apareció doblando la esquina y apoyada en los brazos solícitos de las comadres, todos adivinaron que era la viuda, pues venía suspirando y gimiendo, sin intentar al menos contener los sollozos, deshecha en llanto. Además, llevaba puesta la bata de entre-casa, bastante gastada, que usaba para hacer la limpieza, calzaba pantuflas y todavía estaba despeinada. Aún así era bonita, de agradable presencia: pequeña y rechoncha, gorda pero sin grasa, la piel bronceada con tono de cabo-verde, lisos los cabellos y tan negros que parecían azulados, ojos para un requiebro y labios gruesos, entreabiertos sobre los dientes blancos. Apetitosa, como acostumbraba a calificarla el mismo Vadinho en sus días de ternura, tal vez raros, pero por eso mismo inolvidables. Quizá a causa de las actividades culinarias de la esposa, en esos instantes de idilio él la llamaba “mi marlo de maíz verde, mi acarajé oloroso, mi pollita gorda”; y tales comparaciones gastronómicas dan una idea justa de cierto encanto sensual y hogareño que poseía doña Flor, escondido tras una apariencia tranquila y dócil. Vadinho conocía las flaquezas de ella y las señalaba claramente: sus ansias contenidas, de tímida, su recatado deseo que se tornaba violento e incluso incontenible, cuando se manifestaba libremente. Como estuviese en vena Vadinho, nadie podía ser más fascinante, y ninguna mujer se le resistía. Doña Flor jamás pudo eludir su encanto, aunque estuviese indignada, enojada por algún motivo reciente. Pues en repetidas ocasiones había llegado a odiarlo y a renegar del día en que uniera su suerte a la del bohemio.
Pero mientras caminaba acongojada al encuentro de su intempestiva muerte doña Flor iba atontada, con la cabeza vacía. No se acordaba de nada, ni aún de los momentos de honda ternura, y mucho menos de los días crueles, de angustia y soledad, como si el marido, al expirar, hubiese quedado libre de todos sus defectos, o como si no los hubiera tenido en “su breve paso por este valle de lágrimas”.
“Breve fue su paso por este valle de lágrimas”, sentenció el respetable profesor Epaminondas Souza Pinto, con afectación y apresuramiento, procurando saludar a la viuda y darle el pésame incluso antes de que ella llegara junto al cuerpo del marido. Mas doña Gisa, profesora igualmente, y hasta cierto punto también respetable, pudo contener a la vez su risa y la diligencia del colega. Si en verdad había sido breve el paso de Vadinho por la vida –acababa de cumplir treinta y un años–, para él, doña Gisa lo sabía bien, el mundo no había sido un valle de lágrimas, y sí un escenario de farsas, embrollos, embustes y pecados. Algunos de ellos, producto sin duda del apuro y la confusión, sometieron su corazón a arduas pruebas, angustias y sobresaltos: deudas a pagar, pagarés a descontar, garantes a convencer, compromisos asumidos, bancos y usureros, rostros inconmovibles, amigos que lo esquivaban, sin hablar de los sufrimientos físicos y morales de doña Flor. Porque, razonaba doña Gisa en su enrevesado portugués (era medio norteamericana; se naturalizó y se sentía brasileña, pero ese diablo de idioma ¡ah!, no conseguía dominarlo), si hubo lágrimas en el breve paso de Vadinho por la vida, estas fueron las de doña Flor, y muchas alcanzando de sobra para la pareja.
Ante su muerte repentina, doña Gisa no pensaba en Vadinho sino con nostalgia: le tenía simpatía; a pesar de todo, en ciertos aspectos era gentil y cautivante. Pero no por eso, sin embargo, no por estar él allí, en el Largo 2 de Julio, muerto, tendido en la calle, vestido de bahiana, iba ella de repente a santificarlo, torcer la realidad, e inventar un Vadinho hecho de una sola pieza. Así se lo explicó a doña Norma, íntima y vecina suya, pero no tuvo el esperado apoyo de la aparcera. Doña Norma le había cantado las diez últimas a Vadinho muchas veces; peleaba con él y le endilgaba sermones monumentales, y un día llegó a amenazarlo con llamar a la policía. Pero en aquella hora final y dolorosa no deseaba comentar las predominantes y desagradables facetas del finado, sólo quería alabar sus lados buenos, su natural amabilidad, su solidaridad siempre pronta a manifestarse, su lealtad para con los amigos, su indiscutible generosidad (sobre todo cuando la practicaba con dinero ajeno), su irresponsable e infinita alegría de vivir. Además, estaba ocupada en acompañar y socorrer a doña Flor que ni siquiera prestaba oídos a las duras verdades de doña Gisa. Doña Gisa era así: la verdad por encima de todo, a veces hasta hacerla parecer áspera e inflexible; tal vez era una actitud de defensa contra, su buena fe, pues era crédula hasta el absurdo y confiaba en todo el mundo. No, ella, no se acordaba de las malas acciones de Vadinho para criticarlo y condenarlo. Vadinho le agradaba, y con frecuencia se enfrascaban los dos en largas conversaciones, pues a doña Gisa le interesaba conocer la psicología del submundo en que él se movía, y él le contaba casos y cosas mientras atisbaba en su escote los dos senos pujantes y pecosos. Quizá Doña Gisa lo entendiese mejor que doña Norma, pero, al contrario que la otra, no le perdonaba ni un solo defecto y no iba a mentir sólo porque estuviese muerto. Ni a sí misma se mentía doña Gisa, a no ser que fuera indispensable. Y no era este el caso, evidentemente.
Doña Flor se metía entre la gente siguiendo el claro que dejaba doña Norma, quien se abría camino gracias a sus codos y a su gran popularidad:
–Vamos, apártense, amigos, déjenla pasar a la pobre…
Allí estaba sobre los adoquines, los labios sonrientes, blanco y rubio, lleno de paz y de inocencia. Dona Flor quedó inmóvil por un instante, contemplándolo, como si tardase en reconocer al marido, o más bien, probablemente, en aceptar el hecho, ahora indiscutible, de su muerte. Pero fue sólo un instante. Con un grito salido de lo hondo de las entrañas, se echó sobre Vadinho, besándole los cabellos, el rostro pintado de carmín, los ojos abiertos, el atrevido bigote, la boca muerta, para siempre muerta.

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Fonte: AMADO, Jorge. Doña Flor y sus dos maridos: edificante historia de amor. Traducción de Lorenzo Varela. 15ª ed. Buenos Aires: Editorial Losada, 1983. p. 17-22.

DONA FLOR E SEUS DOIS MARIDOS: HISTÓRIA MORAL E DE AMOR

1


Jorge Amado

Vadinho o primeiro marido de dona Flor, morreu num domingo de carnaval, pela manhã, quando, fantasiado de baiana, sambava num bloco, na maior animação, no Largo Dois de Julho, não longe de sua casa. Não pertencia ao bloco, acabara de nele misturar-se, em companhia de mais quatro amigos, todos com traje de baiana, e vinham de um bar no Cabeça onde o uísque correra farto à custa de um certo Moysés Alves, fazendeiro de cacau, rico e perdulário.
O bloco conduzia uma pequena e afinada orquestra de violões e flautas; ao cavaquinho, Carlinhos Mascarenhas, magricela celebrado nos castelos, ah! um cavaquinho divino. Vestiam-se os rapazes de ciganos e as moças de camponesas húngaras ou rumenas; jamais, porém, húngara ou rumena ou mesmo búlgara ou eslovaca rebolou como rebolavam elas, cabrochas na flor da idade e da faceirice.
Vadinho, o mais animado de todos, ao ver o bloco despontar na esquina e ao ouvir o ponteado do esquelético Mascarenhas no cavaquinho sublime, adiantou-se rápido, postou-se ante a rumena carregada na cor, uma grandona, monumental como uma igreja – e era a Igreja de São Francisco, pois se cobria com um desparrame de lantejoula doirada –, anunciou:
– Lá vou eu, minha russa do Tororó…
O cigano Mascarenhas, também ele gastando vidrilhos e miçangas, festivas argolas penduradas nas orelhas, apurou ao cavaquinho, as flautas e os violões gemeram, Vadinho caiu no samba com aquele exemplar entusiasmo, característico de tudo quanto fazia, exceto trabalhar. Rodopiava em meio ao bloco, sapateava em frente à mulata, avançava para ela em floreios e umbigadas, quando, de súbito, soltou uma espécie de ronco surdo, vacilou nas pernas, adernou de um lado, rolou no chão, botando uma baba amarela pela boca onde o esgar da morte não conseguia apagar de todo o satisfeito sorriso do folião definitivo que ele fora.
Os amigos ainda pensaram tratar-se de cachaça, não os uísques do fazendeiro: não seriam aquelas quatro ou cinco doses capazes de possuir bebedor da classe de Vadinho; porém toda a cachaça acumulada desde a véspera ao meio-dia quando oficialmente inauguraram o carnaval no Bar Triunfo, na Praça Municipal, subindo toda ela de uma vez e derrubando-o adormecido. Mas a mulata grandona não se deixou enganar: enfermeira de profissão estava acostumada com a morte, freqüentava-la diariamente no hospital. Não, porém, tão íntima a ponto de dar-lhe umbigadas, de pinicar-lhe o olho, de sambar com ela. Curvou-se sobre Vadinho, colocou-lhe a mão no pescoço, estremeceu, sentindo um frio no ventre e na espinha:
– Tá morto, meu Deus!
Outros tocaram também o corpo do moço, tornaram-lhe do pulso, suspenderam-lhe a cabeça de melenas loiras, buscaram-lhe o palpitar do coração. Nada obtiveram, era sem jeito, Vadinho desertara para sempre do Carnaval da Bahia.

2

Foi um rebuliço no bloco e na rua, um corre-corre pelas redondezas, um deus-nos-acuda a sacudir os carnavalescos – e ainda por cima a escandalosa Anete, professorinha romântica e histérica, aproveitou a boa oportunidade para um chilique, com pequenos gritos agudos e ameaças de desmaio. Toda aquela representação em honra do dengoso Carlinhos Mascarenhas, por quem suspirava a melindrosa de faniquito fácil – dizendo-se ela própria ultra-sensível, arrepiando-se como uma gata quando ele dedilhava o cavaquinho. Cavaquinho agora silencioso, pendendo inútil das mãos do artista, como se Vadinho houvesse levado consigo para o outro mundo seus derradeiros acordes.
Veio gente correndo de todos os lados, logo a notícia circulou pelas imediações, chegou a São Pedro, à Avenida Sete, ao Campo Grande, arrebanhando curiosos. Em torno ao cadáver reunia-se uma pequena multidão a acotovelar-se em comentários. Um médico residente no Sodré foi requisitado e um guarda-de-trânsito sacou de um apito e nele soprava sem parar como a advertir a cidade inteira, a todo o Carnaval, do fim de Vadinho.
“Pois se é Vadinho, coitadinho dele!”, constatou um careta, com sua máscara de meia, perdida a animação. Todos reconheciam o morto, era largamente popular, com sua alegria esfuziante, seu bigodinho recortado, sua altivez de malandro, benquisto sobretudo nos lugares onde se bebia, jogava, e farreava; e ali, tão perto de sua residência, não havia quem não o identificasse.
Outro mascarado, este vestido de aniagem e coberto com uma cabeçorra de urso, varou o cerrado grupo, conseguiu aproximar-se e ver. Arrancou a máscara deixando exposta uma cara aflita, de bigodes caídos e crânio careca e murmurou:
– Vadinho, meu irmãozinho, que foi que te fizeram?
“Que foi que deu nele, de que morreu?” perguntavam-se uns aos outros, e havia quem respondesse: “foi cachaça”, numa explicação por demais fácil para tão inesperada morte. Uma velha curvada parou também, deu sua olhadela, constatou:
– Tão moderno ainda, por que morrer tão moço?
Perguntas e respostas cruzavam-se, enquanto o médico colocava o ouvido sobre o peito de Vadinho, numa constatação final e inútil.
“Estava sambando, numa animação retada, e sem avisar nada a ninguém caiu de lado já todo cheio da morte” – explicou um dos quatro amigos, curado por completo da cachaça, de súbito sóbrio e comovido, meio sem jeito nas roupas femininas de baiana, as faces vermelhas de carmim, fundas olheiras negras, traçadas com cortiça queimada, sob os olhos.
O fato de estarem fantasiados de baiana não deve levar a maliciar-se sobre os cinco rapazes, todos eles de macheza comprovada. Vestiam-se de baiana para melhor brincar, por farsa e molecagem, e não por tendência ao efeminado, a suspeitas esquisitices. Não havia chibungo entre eles, benza Deus. Vadinho, inclusive, amarrara, sob a anágua branca e engomada, enorme raiz de mandioca e, a cada passo, suspendia as saias e exibia o troféu descomunal e pornográfico, fazendo as mulheres esconderem nas mãos o rosto e o riso, com maliciosa vergonha. Agora a raiz pendia abandonada sobre a coxa descoberta e não fazia ninguém rir. Um dos amigos veio e a desatou da cintura de Vadinho. Mas nem assim o defunto ficou decente e recatado, era um morto de Carnaval e não exibia se quer sangue de bala ou de facada a escorrer-lhe do peito, capaz de resgatar seu ar de mascarado.
Dona Flor, precedida, é claro, por dona Norma a dar ordens e a abrir caminho, chegou quase ao mesmo tempo que a polícia. Quando despontou na esquina, apoiada nos braços solidários das comadres, todos adivinharam a viúva, pois vinha suspirando e gemendo, sem tentar controlar os soluços, num pranto desfeito. Ao demais, trajava o robe caseiro e bastante usado com que cuidava do asseio do lar, calçava chinelas cara-de-gato e ainda estava despenteada. Mesmo assim era bonita, agradável de ver-se: pequena e rechonchuda, de uma gordura sem banhas, a cor bronzeada de cabo-verde, os lisos cabelos tão negros a ponto de parecerem azulados, olhos de requebro e os lábios grossos um tanto abertos sobre os dentes alvos. Apetitosa, como costumava classificá-la o próprio Vadinho em seus dias de ternura, raros talvez porém inesquecíveis. Quem sabe, devido às atividades culinárias da esposa, nesses idílios Vadinho dizia-lhe “meu manuê de milho verde, meu acarajé cheiroso, minha franguinha gorda”, e tais comparações gastronômicas davam justa idéia de certo encanto sensual e caseiro de dona Flor a esconder-se sob uma natureza tranqüila e dócil. Vadinho conhecia-lhe as fraquezas e as expunha ao sol, aquela ânsia controlada de tímida, aquele recatado desejo fazendo-se violência e mesmo incontinência ao libertar-se na cama. Quando Vadinho estava de veia, não existia ninguém mais encantador e nenhuma mulher sabia resistir-lhe. Dona Flor jamais conseguira recusar-se a seu fascínio nem mesmo se a tanto se dispunha cheia de indignação e de raiva recentes. Pois, em repetidas ocasiões, chegara a odiá-lo e a arrenegar o dia em que unira sua sorte à do boêmio.
Mas andando agoniada, ao encontro da intempestiva morte de Vadinho, dona Flor ia zonza, vazia de pensamentos, de nada se recordava, nem dos momentos de densa ternura, menos ainda dos dias cruéis, de angústia e solidão, como se ao expirar ficasse o marido despojado de todos os defeitos ou como se não os houvesse possuído em “sua breve passagem por este vale de lágrimas”.
“Foi breve sua passagem por esse vale de lágrimas”, pronunciou o respeitável professor Epaminondas Souza Pinto afetado e afobado, tentando cumprimentar a viúva, dar-lhe os pêsames, antes mesmo dela chegar junto ao corpo do marido. Dona Gisa, também professora e até certo ponto também respeitável, conteve o açodamento do colega e conteve o riso. Se em verdade fora breve a passagem de Vadinho pela vida – vinha de completar trinta e um anos –, para ele, dona Gisa bem o sabia, não fora o mundo vale de lágrimas e, sim, palco de farsas, engodos, embustes e pecados. Alguns deles aflitos e confusos, sem dúvida, submetendo seu coração a árduas provas, a agonias e sobressaltos: dívidas a pagar, promissórias a descontar, avalistas a convencer, compromissos assumidos, prazos improrrogáveis, protestos e cartórios, bancos e agiotas, caras amarradas, amigos esquivando-se, sem falar nos sofrimentos físicos e morais de dona Flor. Porque, considerava dona Gisa em seu português arrevesado – era vagamente norte-americana, naturalizara-se e se sentia brasileira mas o diabo da língua, ah! não conseguia dominá-la –, se houvera lágrimas na breve passagem de Vadinho pela vida, elas tinham sido choradas por dona Flor e foram muitas, davam de sobra para o casal.
Diante de tão súbita morte, dona Gisa não pensava em Vadinho senão com saudade: era-lhe simpático, apesar de tudo; possuía um lado gentil e cativante. Nem por isso, no entanto, nem por ele encontrar-se ali, no Largo Dois de Julho, morto, estendido na rua, vestido de baiana, iria ela de repente santificá-lo, torcer a realidade, inventar outro Vadinho feito de um só pedaço. Assim explicou a dona Norma, sua vizinha e íntima, mas não obteve da parceira o esperado apoio. Dona Norma muitas vezes dissera as últimas a Vadinho, brigava com ele, pregava-lhe sermões monumentais, chegara um dia a ameaçá-lo com a polícia. Naquela hora derradeira e aflita, porém, não desejava comentar as predominantes e desagradáveis facetas do finado, queria apenas gabar seus lados bons, sua gentileza natural, sua solidariedade sempre pronta a manifestar-se, sua lealdade para com os amigos, sua indiscutível generosidade (sobretudo se a praticava com o dinheiro alheio), sua irresponsável e infinita alegria de viver. Aliás, tão ocupada em acompanhar e socorrer dona Flor, nem tinha ouvidos para dona Gisa com sua dura verdade. Dona Gisa era assim: a verdade acima de tudo, por vezes a ponto de fazê-la parecer áspera e inflexível; talvez numa atitude de defesa contra sua boa fé, pois era crédula ao absurdo e confiava em todo mundo. Não, não relembrava os malfeitos de Vadinho para criticá-lo ou condená-lo, gostava dele e com freqüência perdiam-se os dois em longas prosas, dona Gisa interessada em apreender a psicologia do submundo onde Vadinho se movimentava, ele a contar-lhe casos e a espiar-lhe no decote do vestido o nascer dos seios pujantes e sardentos. Talvez dona Gisa o entendesse melhor que dona Norma, mas, ao contrário da outra, não lhe descontava sequer um defeito, não ia mentir só por que ele morrera. Nem a si própria dona Gisa mentia, a não ser quando isso se fazia indispensável. E não era o caso, evidentemente.
Dona Flor atravessava o povo no rastro de dona Norma a abrir caminho com os cotovelos e com sua extensa popularidade:
– Vai, arreda minha gente, deixa a pobre passar…
Lá estava Vadinho no chão de paralelepípedos, a boca sorrindo, todo branco e loiro, todo cheio de paz e de inocência. Dona Flor ficou um instante parada, a contemplá-lo como se demorasse a reconhecer o marido ou talvez, mais provavelmente, a aceitar o fato, agora indiscutível, de sua morte. Mas foi só um instante. Com um berro arrancado do fundo das entranhas, atirou-se sobre Vadinho, agarrou-se ao corpo imóvel a beijar-lhe os cabelos, o rosto pintado de carmim, os olhos abertos, o atrevido bigode, a boca morta, para sempre morta.

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Fonte: AMADO, Jorge. Dona Flor e seus dois maridos: história moral e de amor. 7ª ed. São Paulo: Livraria Martins Editora, 1966. p. 21-27.



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