ESCRITORES



As meninas





Autor: Lygia Fagundes Telles
Título: As meninas, Las meninas
Idiomas: port, esp
Tradutor: Estela dos Santos(esp)
Data: 29/12/2004

LAS MENINAS


Uno


Lygia Fagundes Telles

Me senté en la cama. Era temprano para darme un baño. Me eché hacia atrás, abracé la almohada y pensé en M. N., lo mejor del mundo no es tomar el agua de un coco verde y después orinar en el mar, el tío de Lião dijo eso pero él no sabe, lo mejor es estar pensando lo que M. N. va a decir y hacer cuando caiga mi último velo. ¡El último velo! escribiría Lião que es sublime cuando escribe, comenzó la novela diciendo que en diciembre la ciudad huele a durazno. Imagínate, durazno. Diciembre es época de duraznos, claro, a veces uno encuentra que los carritos de frutas en las esquinas expanden olor a plantación frutal a su alrededor pero sacar de allí que la ciudad entera está perfumada es sublime. Le dedicó la narración a Guevara con un importantísimo pensamiento acerca de la vida y la muerte, todo en latín. Imagínate cómo debe entrar el latín en el esquema guevarista. ¿O entra? Si a él le gustaba el latín. ¿A mí no me gusta? En los momentos de ocio echado sobre el suelo, las manos debajo de la cabeza, se quedaba mirando las nubes y latinando, la muerte combina bien con el latín, no hay nada que combine tanto con el latín como la muerte. Pero aceptar que esta ciudad huele a durazno, es una exageración. ¿Qué ciudad será ésa?, preguntaría él con la mayor perplejidad. ¿Tercer Mundo? El Tercer Mundo. ¿Y huele a durazno? ¿ En opinión de Lía de Melo Schultz, huele.
Entonces él cerraría los ojos donde tenía los ojos y sonreiría una sonrisa donde tenía la boca. Estoy bien listo con esas mis discípulas. En fin, problema de ella o mío es M. N., un M. N. desnudo, en pelo, mucho más en pelo que yo, es bastante peludo, como el mono de origen. Pero un mono lindo, de cara tan intelectual, tan rara, el ojo derecho un poco más chico que el izquierdo y tan triste, todo un lado de su cara es infinitamente más triste que el otro. Infinitamente. Podría quedarme repitiendo infinitamente… infinitamente… Una simple palabra que se extiende por ríos, montes, valles, infinitamente largos como los brazos de Dios. Las palabras. Los gestos se renuevan como la piel de la cobra irrumpiendo lisa bajo la piel vieja. Y no es viscosa, la toqué en la estancia, era verde y espesa pero no viscosa. El gesto de M. N. también nuevo, no es verdad que todo ha de ser como las otras veces, él vendrá con piel limpia, inventando o inventado en sus minucias. Si Dios está en los pormenores, el goce más agudo debe estar también en lo menudo, ¿oíste esta M.N.? Ana Clara contó que tenía un novio que se volvía loco cuando ella se quitaba las pestañas postizas, el espectáculo del biquini no tenía la menor importancia pero apenas comenzaba a quitarse las pestañas, era la gloria. Los ojos desnudos. En verdad os digo que llegará el día en que la desnudez de los ojos será más excitante que la del sexo. Pura convención decir que el sexo es obsceno. ¿Y la boca? Inquietante la boca mordiendo, masticando, mordiendo. Mordiendo un durazno. ¿Te acuerdas? Si yo escribiera empezaría una narración con ese nombre, El Hombre del Durazno. Lo vi desde una esquina mientras tomaba un vaso de leche: un hombre cualquiera con un durazno en la mano. Me quedé mirando el durazno maduro que él movía y palpaba entre sus dedos, cerrando un poco los ojos como si quisiera aprenderle el contorno. Tenía rasgos durar y la barba crecida acentuaba sus arrugas como filos de carbón, pero toda la dureza desaparecía cuando olía el durazno. Quedé fascinada. Alisó los vellos de la cáscara con los labios y con los labios aún fue recorriendo toda su superficie como había hecho con la punta de los dedos. La nariz dilatada, los ojos estrábicos. Yo quería que todo terminara de una vez pero parecía no tener ningún apuro: casi con rabia refregó el durazno contra su mentón mientras con el borde de la lengua, haciéndolo rodar entre los dedos, buscó la punta. ¿La encontró? Yo estaba recostada en el balcón del café pero lo veía como en un telescopio: encontró la punta rosada y comenzó a acariciarla con la lengua en un movimiento circular, intenso. Pude ver que la punta de la lengua era del mismo rosa que la punta del durazno, pude ver que pasó a lamerlo con una expresión que ya era de sufrimiento.
Cuando abrió la boca y le dio un mordisco que hizo correr largo el zumo, casi escupí en mi leche. Todavía me contraigo entera cuando me acuerdo, oh Lorena Vaz Leme, ¿no te da vergüenza?
“No” – dice en voz alta el Ángel Seductor. Enciendo deprisa una tableta de incienso, oh mente pervertida. Querría ser santa. Pura como ese perfume de rosas que me envuelve y me da sueño, Astronauta también sentía sueño cuando yo encendía el incienso. Y se desperezaba como me desperezo, con él aprendí a desperezarme. Gato aventurero, ¿por dónde anda usted, eh? Daba clases diarias de pereza y lujuria pero nunca repetía los movimientos, todos los bailarines deberían tener un gato. La astucia. Al mismo tiempo, el abandono. El desprecio por las cosas realmente despreciables. Y aquel cálculo y fijación. Todo hecho de delicadezas peligrosas, gato mío. ¿O Demonio? En las pausas de las lecciones se quedaba mirándome, tanto más consciente que yo en mi inconsciencia, ¿cómo iba a saber yo? Todavía no conocía a M. N., no me quedaba horas y horas fabulando como he fabulado, ay Padre mío. Sólo Jesús comprende y perdona, solo Él que ya sufrió como nosotros, Jesús, ¡Jesús cómo te amo! Voy a poner un disco en su homenaje, ofrezco música como Abel ofrecía ovejas, lógicamente la oveja es mucho más importante, pero Jesús sabe que le tengo horror a la sangre, mis ofrendas sólo pueden ser musicales. ¿Jimi Hendrix? Escucha, mi amado, escucha esta última musiquita que hizo antes de morir, murió drogado el pobrecito, todo ellos mueren drogados, pero escucha, sé que vas a bajar la mano hasta su mota llena de sudor y polvo, dear Jimi!…
Con un salto elástico, Lorena se levantó de la cama de hierro dorado, del mismo color que el papel de la pared. Ensayó algunos pasos de baile, levantó la pierna hasta tocar con el pie descalzo la barra de hierro y dio un salto cayendo sobre la estrecha raya azul de la alfombra de yute. Se levantó, sacudió la cabellera hacia atrás y, mirando hacia adelante, fue haciendo equilibrios sobre la raya hasta alcanzar el tocadiscos.
–Jimi, Jimi, ¿dónde estás? – preguntó examinando la pila de discos en el estante. Llevaba un leve pijama blanco con florcitas amarillas y en el cuello una cadena con un corazoncito de oro. Tomó el disco con la punta de los dedos.
–¿Y vos, Rómulo? ¿Adónde ahora?
Cerró los ojos húmedos y co1ocó el disco en el plato. Mansamente levantó el brazo y la condujo como el pico de un pájaro ciego hasta la vasija de agua. Lo dejó caer.

–¡Lorena!
La voz venía del jardín. Rápidamente se recogió el pelo, la sostuvo en la nuca y se puso en puntas de pie. Abrió los brazos. Fue andando sobre la raya en caracol de la alfombra, tensa como una equilibrista sobre un hilo de alambre.
–¡Lorena, asómate a la ventana, te quiero hablar!
Vaciló peligrosamente, el pie derecho plantado en la raya y el izquierdo suspendido en el aire. Se alivió cuando consiguió posar el izquierdo frente al otro sin perder el equilibrio: había llegado al fin del viaje. Se inclinó hacia los dos lados en una profunda reverencia, los brazos arqueados hacia atrás, las manos tocándose como bordes de alas entreabiertas. Agradeció retrocediendo un poco, la modesta sonrisa hacia el suelo. Agarró una flor en el aire, la besó, la arrojó triunfante por las galerías y girando se volvió hacia la ventana. Le hizo señas a la joven que esperaba con los brazos cruzados en medio de la alameda. Colocó sus manos sobre el lado izquierdo del pecho y suspiró con énfasis:
–Amada mía, sé bienvenida. ¡Mira qué día! Es primavera, Lião, primavera. Vera, es verdad, prima, naturalmente primera, la verdad primera. ¿Eh? En una mañana así me tengo que atar para no salir volando, ¡mira las margaritas, todas se abrieron! – Señaló el cantero debajo de la ventana.– ¡Qué cosa más hermosa! ¡Buen día, margaritas mías!
–Lorena, ¿me vas a prestar atención?
–Habla, Lía de Melo Schultz, habla.
Con un movimiento brusco, Lía se levantó las gruesas medias blancas hasta las rodillas. La cartera de cuero resbaló al suelo pero ella se concentraba en las medias, atentamente, como si esperase verlas caer en seguida. Recogió la cartera,
–¿Tu mamá me podrá prestar el auto mañana? Después de comer. Digamos a las nueve.
–Se te caen las medias.
–O me ajustan las rodillas o se me caen. Fíjate. Al principio el elástico me apretaba tanto que me dejaba la pierna roja.
–Pero qué idea, querida, usar medias con este calor. Y zapatones de alpinista, ¿por qué no te pusiste las sandalias? Las marrones hacen juego con la cartera.
–Hoy tengo que caminar el día entero, putz. Y sin medias me salen ampollas en los pies.
Probablemente en las plantas. Qué barbaridad. Peor que las ampollas sólo los juanetes de la Hermana Bula. Juanete debe venir de Juana, hubo una antigua Juana con los primeros pies deformados y los nietos heredaron la deformación y aparecieron los juanetes. Ay Padre mío. Primavera, yo enamorada y Lião hablando de las ampollas de los pies.
–Tengo unas medias preciosas, todavía no las usé, ¿las queréis?
–Sólo si son francesas.
–Son suizas, queridita.
–No me gusta Suiza, es demasiado limpia.
Y no le van a servir, imagínate, debe calzar cuarenta. Qué idea usar medias que abultan los tobillos, la pobre tiene piernas de elefante. Aún así, adelgazó, la subversión adelgaza.
– Lião, Lião, estoy tan enamorada. Si M. N. no telefonea, me mato.
(…).

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Fonte: TELLES, Lygia Fagundes. Las Meninas. Trad. de Estela dos Santos. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1978. p. 11-17.

AS MENINAS


Um


Lygia Fagundes Telles

Sentei na cama. Era cedo para tomar banho. Tombei para trás, abracei o travesseiro e pensei em M. N., a melhor coisa do mundo não é beber água de coco verde e depois mijar no mar, o tio da Lião disse isso mas ele não sabe, a melhor coisa mesmo é ficar imaginando o que M. N. vai dizer e fazer quando cair meu último véu. O último véu! escreveria Lião, ela fica sublime quando escreve, começou o romance dizendo que em dezembro a cidade cheira a pêssego. Imagine, pêssego. Dezembro é tempo de pêssego, está certo, às vezes a gente encontra as carroças de frutas nas esquinas com o cheiro de pomar em redor mas concluir daí que a cidade inteira fica perfumada, já é sublimar demais. Dedicou a história a Guevara com um pensamento importantíssimo sobre a vida e a morte, tudo em latim. Imagine se entra latim no esquema guevariano. Ou entra? E se ele gostava de latim. Eu não gosto? Nas horas nobres deitava no chão, cruzava as mãos debaixo da cabeça e ficava olhando as nuvens e latinando, a morte combina muito com latim, não tem coisa que combine tanto com latim como a morte. Mas aceitar que esta cidade cheira a pêssego, exorbita. Qué ciudad será esa? ele perguntaria na maior perplexidade. Tercer Mundo? Terceiro Mundo. Y huele a durazno? Na opinião de Lia de Melo Schultz, cheira. Ele então fecharia os olhos onde eram os olhos e sorriria um sorriso onde era a boca. Estoy bien listo con esas mís discípulas. Enfim, problema dela, o meu é M. N., um M. N. nu em pêlo, muito mais em pêlo do que eu, ele é peludo à beça, assim na base do macaco. Mas um macaco lindo, a cara tão intelectual, tão rara, o olho direito um pouco menor do que o esquerdo e tão triste, todo um lado da sua cara é infinitamente mais triste do que o outro. Infinitamente. Eu poderia ficar repetindo infinitamente infinitamente. Uma simples palavra que se estende por rios, montes, vales infinitamente compridos como os braços de Deus. As palavras. Os gestos se renovando como a pele da cobra rompendo lisa sob a pele velha. E não é viscosa, toquei nela na fazenda, era verde e espessa mas não viscosa. O gesto de M. N. também novo, não é verdade que tudo será como das outras vezes, ele virá de pele limpa, inventando o inventado nas suas minúcias. Se Deus está no pormenor, o gozo mais agudo também está na miudeza, ouviu isto, M. N.? Ana Clara contou que tinha um namorado que endoidava quando ela tirava os cílios postiços, a cena do biquíni não tinha a menor importância mas assim que começava a tirar os cílios, era a glória. Os olhos nus. Em verdade vos digo que chegará o dia em que a nudez dos olhos será mais excitante do que a do sexo. Pura convenção achar o sexo obsceno. E a boca? Inquietante a boca mordendo, mastigando, mordendo. Mordendo um pêssego, lembra? Se eu escrevesse, começaria uma história com esse nome, O Homem do Pêssego. Assisti de uma esquina enquanto tornava um copo de leite: um homem completamente banal com um pêssego na mão. Fiquei olhando o pêssego maduro que ele rodava e apalpava entre os dedos, fechando um pouco os olhos como se quisesse decorar-lhe o contorno. Tinha traços duros e a barba por fazer acentuava seus vincos como riscos de carvão mas toda a dureza se diluía quando cheirava o pêssego. Fiquei fascinada. Alisou a penugem da casca com os lábios e com os lábios ainda foi percorrendo toda sua superfície como fizera com as pontas dos dedos. As narinas dilatadas, os olhos estrábicos. Eu queria que tudo acabasse de uma vez mas ele parecia não ter nenhuma pressa: com raiva quase, esfregou o pêssego no queixo enquanto com a ponta da língua, rodando-o nos dedos, procurou o bico. Achou? Eu estava encarapitada no balcão do café mas via como num telescópio: achou o bico rosado e começou a acariciá-lo com a ponta da língua num movimento circular, intenso. Pude ver que a ponta da língua era do mesmo rosado do bico do pêssego, pude ver que passou a lambê-lo com uma expressão que já era sofrimento. Quando abriu o bocão e deu o bote, que fez espirrar longe o sumo, quase engasguei no meu leite. Ainda me contraio inteira quando lembro, oh Lorena Vaz Leme, não tem vergonha?
“Não” – diz em voz alta o Anjo Sedutor. Acendo depressa um tablete de incenso, oh mente pervertida. Queria ser santa. Pura como esse perfume de rosas que se enrola em mim e me dá sono. Astronauta também sentia sono quando eu acendia o incenso. E se espreguiçava como me espreguiço, foi com ele que aprendi a me espreguiçar. Gato à-toa, por onde você anda. Hein? Dava aulas diárias de preguiça e luxúria mas nunca repetia os movimentos, todo bailarino devia ter um gato. A astúcia. Ao mesmo tempo, o abandono. O desprezo pelas coisas realmente desprezíveis. E aquele cálculo e fixação. Todo feito de delicadezas perigosas o meu gato. Ou Demônio? Nas pausas das lições ficava me olhando, tão mais consciente do que eu na minha inconsciência, como é que eu podia saber? Ainda nem conhecia M. N., não ficava horas e horas minhocando como tenho minhocado, ai meu Pai. Só Jesus compreende e perdoa, só Ele que já curtiu como nós, Jesus, Jesus como eu te amo! Vou pôr um disco em sua homenagem, espera, ofereço música assim como Abel oferecia ovelhas, é lógico que ovelha é muito mais importante mas Jesus sabe que tenho horror de sangue, minhas oferendas só podem ser musicais. Jimi Hendrix? Escuta, meu amado, escuta esta última musiquinha que ele fez antes de morrer, morreu drogado o pobrezinho, todos eles morrem drogados, mas ouça e sei que você vai baixar a mão até sua carapinha cheia de suor e poeira, dear Jimi!…
Num salto elástico, Lorena se atirou na cama de ferro dourado, da cor do papel da parede. Ensaiou alguns passos de dança, levantou a perna, até tocar com o pé descalço na barra de ferro e saltou para cair na estreita listra azul do tapete de juta. Aprumou-se, sacudiu a cabeleira para trás e, olhando em frente, foi se equilibrando na listra até chegar ao toca-discos.
–Jimi, Jimi, onde você está? – perguntou ela examinando a pilha dos discos na prateleira da estante. Vestia um leve pijama branco com florinhas amarelas e tinha no pescoço uma corrente com um coraçãozinho de ouro. Segurou o disco nas pontas dos dedos. – E você, Rômulo? Onde agora?
Apertou os olhos úmidos e colocou o disco no prato. Mansamente levantou a agulha e a conduziu como o bico de um pássaro cego até a vasilha d’água. Deixou-a tombar.

–Lorena!
A voz vinha do jardim. Rapidamente ela arrepanhou a cabeleira, torceu-a na nuca e pôs-se nas pontas dos pés. Abriu os braços. Foi andando na listra em caracol do tapete, tensa como uma equilibrista num fio de arame.
–Lorena, bota a cabeça na janela, quero falar com você!
Ela vacilou perigosamente, o pé direito plantado na listra, o esquerdo em suspenso no ar. Descontraiu-se quando conseguiu pousar o esquerdo na frente do outro sem perder o equilíbrio: chegara ao fim da travessia. Inclinou-se para os lados numa profunda reverência, os braços em arco para trás, as mãos se tocando como pontas de asas entreabertas. Agradeceu recuando um pouco, o sorriso modesto posto no chão. Mas empolgou-se ao colher uma flor no ar, beijou-a, atirou-a triunfante para as galerias e voltou rodopiando à janela. Acenou para a jovem que esperava de braços cruzados no meio da alameda. Levou as mãos ao lado esquerdo do peito e suspirou com ênfase:
–Minha amada, seja bem-vinda. Veja que dia! É primavera, Lião, primavera. Vera, é verdade, prima, naturalmente primeira, a verdade primeira. Hum? Numa manhã assim tenho que me segurar senão saio voando, olha as margaridinhas, abriram todas! – apontou o canteiro embaixo da janela. – Coisa mais jóia. Bom-dia, minhas margaridinhas!
–Lorena, será que você podia me dar um pouco de atenção?
–Fala, Lia de Melo Schultz, fala.
Com um movimento brusco, Lia puxou as grossas meias brancas até os joelhos. A sacola de couro resvalou para o chão mas ela se concentrava nas meias, atenta como se esperasse vê-las escorregar em seguida. Apanhou a sacola.
–Será que amanhã sua mãe podia me emprestar o carro? Depois do jantar. Digamos às nove, entende.
Lorena debruçou-se na janela. Sorriu.
–Suas meias estão caindo.
–Ou enforcam os joelhos ou ficam desabando. Olha ai. No começo, este elástico apertava de deixar a perna roxa.
–Mas que idéia, querida, usar meia com este calor. E sapatões de alpinista, por que não calçou a sandália? Aquela marrom combina com a sacola.
–Hoje tenho que camelar o dia inteiro, putz. E sem meia, dá bolha no pé.
Provavelmente nas solas. Cafonérrimo. Pior do que bolhas só os tais joanetes de Irmã Bula. Joanete deve vir de Joana, houve uma antiga Joana com os primeiros pés deformados e os netos herdaram a deformação e viraram os joanetos. Ai meu Pai. Primavera, eu apaixonada e Lião falando em bolha no pé.
–Tenho umas meias tão bacanas, ainda nem usei, quer ir com elas?
–Só se forem francesas, entende.
–São suíças, minha queridinha.
–Não gosto da Suíça, é limpa demais.
E nem vão servir, imagine, ela deve calçar quarenta. Que idéia usar meias que engrossam os tornozelos, a coitadinha está com patas de elefante. Ainda assim, emagreceu, subversão emagrece.
–Lião, Lião, ando tão apaixonada. Se M. N. não telefonar, me mato.
(…).

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Fonte: TELLES, Lygia Fagundes. As Meninas. 16ª ed. Rio de Janeiro: Nova Fronteira, 1985. p. 07 – 11.



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