ESCRITORES



A morte e a morte de Quincas





Autor: Jorge Amado
Título: A morte e a morte de Quincas, La muerte y la muerte de Quincas Berros Dagua
Idiomas: port, esp
Tradutor: Basilio Losada(esp)
Data: 28/12/2004

LA MUERTE Y LA MUERTE DE
QUINCAS BERRO DAGUA

De: LOS VIEJOS MARINEROS


Jorge Amado

“ Qué cada cual cuide de su entierro;
el imposible no existe.”
(Última frase de Quincas Berro Dagua,
según Quiteria, que estaba a su lado).

I

Hasta hoy sigue habiendo cierta confusión en torno de la muerte de Quincas Berro Dagua. Dudas por explicar, detalles absurdos, contradicciones en la declaración de los testigos, lagunas diversas. No hay claridad sobre la hora, lugar y frase última. La familia, apoyada por vecinos y conocidos, se mantiene intransigente en la versión de la tranquila muerte matinal, sin testigos, sin aparato, sin frase, muerte acontecida casi veinte horas antes de aquella otra, tan propalada y comentada, en la agonía de la noche, cuando la luna se deshizo sobre el mar y ocurrieron misterios en la orla del muelle de Bahía. Muerte presenciada, sin embargo, por testigos idóneos largamente comentada en las laderas y barrancas oscuras, repetida la frase final de boca; muerte que representó, en opinión de aquella gente, más que una simple despedida del mundo, un testimonio profético, mensaje de profundo contenido (como escribiría un joven autor de nuestro tiempo).
Tantos testigos idóneos, entre ellos Mestre Manuel y Quiteria do Olho Arregalado, mujer de palabra, y, a pesar de todo, hay quien nega toda autenticidad no sólo a la admirada frase sino a todos los acontecimientos de aquella noche memorable, cuando, en hora dudosa y en condiciones discutibles, Quincas Berro Dagua se hundió en el mar de Bahía y emprendió su viaje, para nunca más volver. Así es el mundo, poblado de escépticos y negativistas, amarrados,como bueyes en yugo, al orden y a la ley, a los procedimientos habituales, al papel sellado. Exhiben ellos, victoriosamente, el certificado de defunción firmado por el médico casi mediodía, y con este simple papel– sólo porque tiene letra impresa y sellos– intentan apagar horas intensamente vivida por Quincas Berro Dagua hasta su partida por libre y espontánea voluntad, como declaró en tono bueno y alto, a los amigos y demás personas presentes.
La familia del muerto– su respetable hija y su circunspecto yerno, funcionario público de prometedora carrera; tía Marocas y su hermano menor, comerciante con modesto crédito en un banco–, afirma que toda la historia no pasa de ser una enorme patraña, invención de borrachos inveterados, sin vergüenzas al margen de la ley y de la sociedad, de bellacos cuyo paisaje debieran ser las rejas de la carcél y no la libertad de las calles, el puerto de Bahía, las playas de arena blanca, la noche inmensa. Con flagrante injusticia atribuyen a esos amigos de Quincas toda la responsabilidad de la mallada existencia por él vivida en sus últimos años, cuando se convirtió en la tristeza y la vergüenza de la familia, hasta el punto de que no era pronunciado su nombre, y hechos no eran comentados en la presencia inocente de los niños, para quienes el abuelo Joaquim, de añorado recuerdo, había muerto muchos años, decentemente, rodeado de la estima y del respeto de todos.
Esto nos lleva a comprobar que hubo una primera muerte, sino física al menos moral, fechada años antes, sumando un total de tres, haciendo de Quincas un recordman de la muerte, un campeón de fallecimientos, y dándonos derecho a pensar si habrán sido los acontecimientos posteriores– a partir del significado de defunción y hasta su hundimiento en el mar–, una farsa montada por él con la intención una vez más de mortificar a los parientes, de amargales la existencia, exponiéndolos a la vergüenza y a las murmuraciones de la calle. No era él en verdad hombre de respeto y conveniencias, a pesar del respeto dedicado por sus compinches de juego a jugador de tan envidiada suerte, a bebedor de tan largos y conservados aguardientes.
No sé si ese misterio de la muerte (o de las sucesivas muertes) de Quincas Berro Dagua, podrá ser completamente decifrado. Pero lo intentaré, como él mismo aconsejaba, pues lo importante es intenta aún lo imposible.

II

Los sin vergüenzas que contaban, por las calles y laderas, frente al Mercado y en la “Feria de Agua dos Meninos”, los momentos finales de Quincas (hasta se compuso un folleto con versos de pie quebrado, obra del repentista Cuica de Santo Amero, vendido largamente), andaban maltratando la memoria del muerto, según la familia. Y la memoria de un muerto es, como se sabe, cosa sagrada, no para andar en boca poco limpia de boedos, jugadores y contrabandistas de marihuana, ni para servir de rima pobre a cantores populares a la entrada del Elevado Lacerda, por donde pasa tanta gente bien, incluso colegas de Leonardo Barreto, el humillado yerno de Quincas. Cuando un hombre muere, se reintegra su respetabilidad más auténtica aunque se haya pasado la vida haciendo locuras. La muerte apaga, con manos de ausencia, las manchas del pasado, y la memoria del muerto fulge como un diamante. Ésa era la tesirde la familia, aplaudida por vecinos y amigos. Según ellos, Quincas Berro Dagua, al morir, volvía a ser aquel antiguo y respetable Joaquim Soares da Cunha, de buena familia, ejemplar funcionario de la Dirección General de Rentas del Estado, hombre de paso medido, bien afeitado, chaqueta de alpaca negra, cartera bajo el brazo, oído con respeto por los vecinos, opinado sobre el tiempo y la política, jamás visto en un cafetín, hombre de aguardientes comedidos y caseros. En realidad, en esfuerzo digno de aplauso, la familia había conseguido que brillara así sin mancha la memoria de Quincas, decretándolo muerto, desde hacía algunos años, para la sociedad. De él hablaban en pasado, cuando, obligados por las circunstancias, a él se referían. Desgraciadamente, sin embargo, a veces algún vecino, un colega cualquiera de Leonardo o amiga charlatana de Vanda (la hija avergonzada), tropezaba con Quincas o sabía de él por medios terceros. Era como si un muerto alzara en su tumba para manchar su propia memoria: tendido, borracho, al sol, ya avanzada la mañana, en la inmediaciones de la rampa del Mercado, o, sucio y andrajoso, inclinado sobre una baraja grasienta en el atrio de la Iglesia del Pilar, o cantando con voz ronca por la Ladeira de São Miguel, abrazado a negras y mulatas de mala vida. ¡Un horror!

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Fonte: AMADO, Jorge. Los viejos marineros. Traducción de Basilio Losada. Barcelona: Caralt, 1978.

A MORTE E A MORTE DE
QUINCAS BERRO D’ÁGUA


De: OS VELHOS MARINHEIROS


Jorge Amado

 

“Cada qual cuide de seu enterro, impossível não há”.
(Frase derradeira de Quincas Berro D’água
segundo Quitéria que estava ao seu lado).

I

Até hoje permanece certa confusão em torno da morte de Quincas Berro D’água. Dúvidas por explicar, detalhes absurdos, contradições no depoimento das testemunhas, lacunas diversas. Não há clareza sobre hora, local e frase derradeira. A família, apoiada por vizinhos e conhecidos, mantém-se intransigente na versão da tranqüila morte matinal, sem testemunhas, sem aparato, sem frase, acontecida quase vinte horas antes daquela outra propalada e comentada morte na agonia da noite, quando a lua se desfez sobre o mar e aconteceram mistérios na orla do cais da Bahia. Presenciada, no entanto, por testemunhas idôneas, largamente falada nas ladeiras e em becos escusos, a frase final repetida de boca em boca, representou, na opinião daquela gente, mais que uma simples despedida do mundo, um testemunho profético, mensagem de profundo conteúdo (como escreveria um jovem autor de nosso tempo).
Tantas testemunhas idôneas, entre as quais Mestre Manuel e Quitéria do Olho Arregalado, mulher de uma só palavra, e, apesar disso, há quem negue toda e qualquer autenticidade não só à admirada frase, mas a todos os acontecimentos daquela noite memorável, quando, em hora duvidosa e em condições discutíveis, Quincas Berro D’água mergulhou no mar da Bahia e viajou para sempre, para nunca mais voltar. Assim é o mundo, povoado de céticos e negativistas, amarrados, como bois na canga, à ordem e à lei, aos procedimentos habituais ao papel selado. Exibem, eles, vitoriosamente, o atestado de óbito assinado pelo médico quase meio-dia e com esse simples papel – só porque contém letras impressas e estampilhas – tentam apagar as horas intensamente vividas por Quincas Berro D’água até sua partida, por livre e espontânea vontade, como declarou, em alto e bom som, aos amigos e outras pessoas presentes.
A família do morto– sua respeitável filha e seu formalizado genro, funcionário público de promissora carreira; tia Marocas e seu irmão mais moço, comerciante com modesto crédito num banco – afirma não passar toda a historia de grossa intrujice, invenção de bêbados inveterados, patifes à margem da lei e da sociedade, velhacos cuja paisagem devera ser as grades da cadeia e não a liberdade das ruas, o porto da Bahia, as praias de areia branca, a noite imensa. Cometendo uma injustiça, atribuem a esses amigos de Quincas toda a responsabilidade da malfadada existência por ele vivida nos últimos anos, quando se tornara desgosto e vergonha para a família. A ponto de seu nome não ser pronunciado e seus feitos não serem comentados na presença inocente das crianças, para as quais o avô Joaquim, de saudosa memória, morrera há muito, decentemente, cercado da estima e do respeito de todos. O que nos leva a constatar ter havido uma primeira morte, senão física, pelo menos moral, datada de anos antes, somando um total de três, fazendo de Quincas um recordista da morte, um campeão do falecimento, dando-nos o direito de pensar terem sido os acontecimentos posteriores – a partir do atestado de óbito até seu mergulho no mar– uma farsa montada por ele com o intuito de mais uma vez atazanar a vida dos parentes, desgostar-lhes a existência, mergulhando-os na vergonha e nas murmurações da rua. Não era ele homem de respeito e de conveniência, apesar do respeito dedicado por seus parceiros de joga ao jogador de tão invejada sorte, a bebedor de cachaça tão longa e conservada.
Não sei se esse mistério da morte (ou das sucessivas mortes) de Quincas Berro D’água pode ser completamente decifrado. Mas eu o tentarei, como ele próprio aconselhava, pois o importante é tentar, mesmo o impossível.

II

Os patifes que contavam, pelas ruas e ladeiras, em frente ao Mercado e na Feira de água dos Meninos, os momentos finais e Quincas (até um folheto com versos de pé quebrado foi composto pelo repentista Cuíca de Santo Amaro e vendido largamente), desrespeitavam assim a memória do morto, segundo a família. E memória de morto, como se sabe, é coisa sagrada, não é para estar na boca pouco limpa de cachaceiros, jogadores e contrabandistas de maconha. Nem para servir de rima pobre a cantores populares na entrada do Elevador Lacerda, por onde passa tanta gente de bem, inclusive colegas de repartição de Leonardo Barreto, humilhado genro de Quincas. Quando um homem morre, ele se reintegra a sua respeitabilidade a mais autêntica, mesmo tendo cometido loucuras em sua vida. A morte apaga, com sua mão de ausência, as manchas do passado e a memória do morto fulge como diamante. Essa, a tese da família, aplaudida por amigos e vizinhos. Segundo eles, Quincas Berro D’água ao morrer, voltara a ser aquele antigo e respeitável Joaquim Soares da Cunha, de boa família, exemplar funcionário da Mesa de Rendas Estadual, de passo medido, de barba escanhoada, paletó negro de alpaca, pasta sobre o braço, ouvido com respeito pelos vizinhos, opinando sobre o tempo e a política, jamais visto num botequim, de cachaça caseira e comedida. Em realidade, num esforço digno de todos os aplausos, a família conseguira que assim brilhasse, sem jaça, a memória de Quincas desde alguns anos, ao decreta-lo morto para a sociedade. Dele falavam no passado se, obrigados pelas circunstancias, a ele se referiam. Infelizmente, porém, de quando em vez algum vizinho, um colega qualquer de Leonardo, amiga faladeira de Vanda (a filha envergonhada), encontrava Quincas, ou dele sabia por intermédio de terceiros. Era como se um morto se levantasse do túmulo para macular a própria memória: estendido bêbado, ao sol, em plena manhã alta, nas imediações da rampa do Mercado ou sujo e maltrapilho, curvado sobre cartas sebentas no átrio da Igreja do Pilar ou ainda cantando com voz rouquenha na Ladeira de São Miguel, abraçados a negras e a mulatas de má vida. Um horror!
Quando finalmente, naquela manhã, um santeiro estabelecido na Ladeira do Tabuão chegou aflito à pequena, porém bem arrumada casa da família Barreto e comunicou à filha Vanda e ao genro Leonardo estar Quincas definitivamente espichado, morto em sua pocilga miserável, foi um suspiro de alívio que se elevou uníssono dos peitos dos esposos.

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Fonte: AMADO, Jorge. Os velhos marinheiros. São Paulo: Livraria Martins, 1988. p. 6-9.



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